Por Fernando Sánchez Quintana

El estudio de la conciencia va a constituir, sin duda, uno de los grandes retos de la ciencia en el actual milenio. Un estudio comparable en envergadura y dificultad al del universo, ambos de enorme magnitud.

Pero ¿qué entendemos por conciencia? Porque es fácil confundirla con consciencia, cuando este término en realidad viene a definir la experiencia de “darse cuenta de” lo que ocurre. La experiencia, en este caso tiene un significado especial: es la cualidad que no se puede compartir, ni describir, de esa interacción entre nosotros y el mundo. No hay forma lingüística capaz de comunicar la experiencia de luz, color, sonido, etc. Por ejemplo, si tratáramos de describirle a un invidente lo que es el color rojo, nunca podríamos hacerlo.

El psicofisiólogo mejicano Jacobo Grinberg, dijo que ” …el término experiencia es un todo inclusor, aún de la conciencia. Todo lo que sentimos, vemos, oímos; todas nuestras emociones, sensaciones corporales, pensamientos, imágenes, etc., son experiencias. Y no se refiere a técnica, ni aprendizaje, ni a una maduración psicológica o veteranía”. Consciencia es la experiencia del darse cuenta.

La conciencia, sin embargo, vendría a ser lo que en muchas culturas se conoce como la “esencia”, en el cristianismo como el “Alma” y en psicología transpersonal como el “Yo Superior”. Y es que la conciencia no deja de ser la manifestación de esa chispa divina que anida en el ser humano y que nos lleva a actuar en la vida de determinada manera y no de otra. La conciencia vendría a ser, pues, entre otras cosas, el registro de nuestras experiencias y el selector de nuestras actitudes frente a la existencia.

Primeros estudios experimentales

En Occidente, las primeras aproximaciones al estudio experimental de la conciencia surgieron cuando se retomó el contacto con la sabiduría oriental y los científicos decidieron averiguar qué permitía a determinados gurús y shadus un dominio tal de su mente, que eran capaces hasta de controlar su propio cuerpo a voluntad a niveles inexplicables.

Mediante electroencefalografía y otros sofisticados medios tecnológicos, pudo comprobarse que algunos de estos individuos disponían de la capacidad de modificar a voluntad las ondas cerebrales correspondientes a los distintos estados de consciencia, pasando sin dificultad desde el estado de vigilia (ondas beta) al de relajación (ondas alfa) o, incluso, al de sueño (ondas delta). Asimismo, se comprobarían sus habilidades para variar el ritmo respiratorio y el cardíaco, controlar la temperatura del cuerpo a voluntad, anular el dolor físico, permanecer inmóviles en estado letárgico o pasar largas temporadas de ayuno sin apenas merma física.

Obviamente, la comprobación de que tales potencialidades en el ser humano era posible activarlas con un adecuado aprendizaje y entrenamiento, induciría a las universidades occidentales a profundizar en ese conocimiento. Paralelamente, las universidades y centros de investigación de los países del Este estudiaban otros fenómenos de la conciencia en el ámbito de la Parapsicología, centrando sobre todo sus esfuerzos en estados no ordinarios de consciencia que posibilitaban la telepatía, la telecinesis o la influencia de la mente sobre la materia y el aprendizaje acelerado.

La Psicología Transpersonal

No puedo escribir sobre Ciencia y Conciencia sin hacer referencia a la Psicología Transpersonal, denominada también Cuarta Fuerza, por ser el cuarto movimiento que emerge en el campo de la Psicología tras el Psicoanálisis, el Conductismo y la Psicología Humanista. Como se sabe, los tres primeros movimientos de la Psicología se ocupan del estudio del estado ordinario de consciencia o estado de vigilia cotidiana, prestando menor atención a otros estados como los sueños o la contemplación.

La Psicología Transpersonal, en cambio, surge gracias al trabajo de un grupo de psicólogos y profesionales de otros campos que se interesan por las potencialidades y capacidades humanas últimas, que no son estudiadas de forma sistemática ni en el ámbito de la Psicología Conductista, ni en el de la teoría psicoanalítica clásica, ni en el de la Psicología Humanista.

El foco central de la Psicología Transpersonal es el estudio de la conciencia y de los estados alterados de consciencia (mejor llamados estados modificados de consciencia o no ordinarios). Esta emergente disciplina se convirtió en la primera rama de la ciencia en ocuparse del estudio empírico de la autorrealización, la trascendencia del sí mismo y los fenómenos trascendentes, la experiencia mística, las máximas tomas de consciencia sensorial, y las experiencias y actividades relacionadas con todo ello.

Dicho de otra manera, la Psicología Transpersonal consiste en el estudio de las experiencias transpersonales, entendiendo como tales aquellas en las que la sensación de identidad se extiende más allá (trans) de la persona, abarcando aspectos de la humanidad, la vida y el cosmos que antes eran experimentados como ajenos, y por último, aquellas experiencias donde el individuo pierde sus límites para fundirse temporalmente con el Todo, con la Unidad. Cabe señalar que estas experiencias suelen ir acompañadas de cambios dramáticos, duraderos y beneficiosos, ya que pueden proporcionar una sensación de sentido y objetivo a la vida, facilitando superar crisis existenciales y despertando un interés compasivo por la humanidad y el planeta.

Lo transpersonal

Pero el gran aporte de la Psicología Transpersonal es el de encarar, por primera vez desde un punto de vista científico, algo tan importante para el ser humano como el fenómeno espiritual. Porque hasta su irrupción, la ciencia no tenía criterio para discernir entre un episodio psicótico de un enfermo psiquiátrico y un éxtasis místico como los de Santa Teresa.

Lo transpersonal es entendido como una indagación sobre la naturaleza esencial del Ser, y como tal se acerca a cierto tipo de experiencias, antes consideradas tabú y ahora clasificadas por Stanislav Grof, uno de los padres de la Psicología Transpersonal, como:

· Reacciones físicas y emocionales referidas a los centros de energía del cuerpo descritos por las culturas orientales.

· Manifestaciones similares a enfermedades de aparentes rasgos psicóticos en los que la persona realiza un “viaje por distintas dimensiones”, que le conduce, una vez pasada la crisis, a un mayor nivel de consciencia y de integración social.

· Despertar de la percepción extrasensorial.

· Recuerdos de vivencias pasadas conectados con la creencia en la reencarnación.

· Experiencia cumbre. Se asemeja a la experiencia extática de unión con lo divino.

· Experiencias cercanas a la muerte. Y,

· Experiencias de encuentros con Ovnis, un tipo de experiencia que puede conducir a una crisis de carácter psicoespiritual.

Es importante destacar que, según esta nueva concepción de la psicología humana, todas estas experiencias, en ausencia de una patología diagnosticada, entrañan un gran potencial curativo una vez superadas y debidamente integradas, por lo que no deben confundirse con crisis psicóticas.

Hacia la integración de los hemisferios

Como es bien sabido, los seres humanos disponemos de dos hemisferios cerebrales: el izquierdo -que se ocupa de las funciones lógicas y el pensamiento analítico- y el derecho -que ejerce las funciones intuitivas y el pensamiento de síntesis-. Es decir, el hemisferio izquierdo procesa la información material y concreta mientras el derecho se ocupa de la información simbólica y la trascendente.

En Occidente, y debido a nuestra formación (o en este caso podría decirse deformación) cultural, hemos otorgado predominio al hemisferio izquierdo sobre el derecho. Y ello ha hecho que la facultad de análisis haya ahogado la de síntesis, dando lugar a una preponderancia de los valores individuales sobre los colectivos, al faltar la visión global o sintética que permite ver cuál será el resultado de las acciones individuales en el “todo”.

Porque es el uso prioritario del pensamiento racionalista sobre el intuitivo el que ha originado el tipo de civilización que hemos creado: con un enorme desarrollo tecnológico y un mínimo desarrollo ético; con un predominio de los valores comerciales sobre los humanos; con una afluencia masiva de una información sin capacidad de formación y sin visión global; con un reparto totalmente desigual de la riqueza…

Bien, pues los estudiosos del cerebro y de la mente afirman que el siguiente paso evolutivo del ser humano es equilibrar los dos hemisferios. Y como constatación de esta previsión, neurólogos rusos que investigan la actividad cerebral han descubierto que en los niños de la última generación existe ya una mayor actividad del hemisferio derecho –el intuitivo- que en los adultos. Y no sólo eso: han registrado en los niños que el cuerpo calloso -que se ocupa de la comunicación entre ambos hemisferios cerebrales- desarrolla mayor actividad y, por tanto, la coordinación interhemisférica es superior a la de los adultos. Para hacernos una idea de la importancia de este modelo de funcionamiento cerebral, tengamos en cuenta que la integración de los hemisferios es considerada una característica de los genios.

La mente no está sólo en el cerebro

Por otra parte, empezamos a tener evidencias de que ni la consciencia ni la mente pueden ser explicadas desde el cerebro. Algunas investigaciones, por ejemplo, indican que el corazón tiene sus propios “recuerdos”. En el libro The Hearts Code, Paul Pearsall narra el impresionante caso de una adolescente a la que le fue trasplantado el corazón de una persona asesinada. Después del trasplante la muchacha comenzó a tener memoria del asesinato y pudo describir al autor del hecho, la ropa que llevaba, el tiempo que hacía y el tipo de arma que utilizó, datos todos que fueron posteriormente comprobados por la policía cuando capturaron al criminal.

Este y otros descubrimientos de neurofisiólogos occidentales se encuentran en sintonía con la Medicina Tradicional China, que afirma que cada órgano alberga su propio psiquismo y es depositario de determinadas cualidades de la conciencia. Por ejemplo, el hígado albergaría la bondad, por lo que se dañaría con la ira y la agresividad; el corazón expresaría la alegría y le afectarían el enfado y la impaciencia; el páncreas expresaría el conocimiento y se alteraría con la preocupación y la obsesión; los pulmones se vincularían con la voluntad y se deteriorarían con la excesiva tristeza; y los riñones serían depositarios de la tranquilidad y la sabiduría y se alterarían con el miedo.

Y lo singular es que empieza a comprobarse que estas relaciones entre órganos y psique son mucho más que un lenguaje simbólico, porque cuando se tratan los órganos con acupuntura, las emociones desequilibradas correspondientes comienzan a desaparecer de la persona.

En suma, la mente -y, por tanto, la consciencia- parecen estar repartidas por todo el cuerpo. Lo que corroboraría las afirmaciones de modernas técnicas psicológicas como la Programación Neurolingüística o las del afamado endocrinólogo Deepak Chopra.

¿Será posible ver los pensamientos?

A estas alturas, cabe preguntarse si la ciencia estará en disposición de desarrollar pronto aparatos que puedan medir algo tan sutil como un pensamiento o una emoción. Porque lo que sí está claro es que al menos ya se pueden ver algunas de sus manifestaciones no orgánicas. Así ocurre con el electroencefalógrafo y la cámara Kirlian GDV.

Por otra parte, cada vez hay más evidencias de que es posible “expandir” la consciencia de una persona. Así se ha estado haciendo, de hecho, con atletas olímpicos rusos y suecos hace algún tiempo. Es más, durante el congreso Energías del Hombre y de la Tierra celebrado en Rusia en el año 2.000, el físico Konstantin Korotkov -experto en el tema- afirmó que no sólo los atletas olímpicos operan en estados expandidos de consciencia. Con sus equipos capaces de evaluar los estados de consciencia, los investigadores rusos han estudiado, entre otros casos, a célebres actores inmediatamente después de una representación y también se encontraban en estados modificados de conciencia, y lo mismo sucedía con pintores en su fase creativa.

Ello induce a pensar que los estados acrecentados de consciencia son claves en el desarrollo del máximo potencial humano. Es más, las escuelas de Tradición y las órdenes religiosas de todas las épocas y regiones posiblemente han perseguido con sus disciplinas inducir a sus adeptos a estados ampliados de consciencia como vía a la iluminación -en vocablo de Oriente- o al estado de gracia, si usamos el término de Occidente.

Quizás esos mismos estados fueran los que buscaban de manera descontrolada en las drogas los adolescentes de la generación hippie de los 60 o los jóvenes actuales con las pastillas de síntesis.

Y, sin embargo, hay otras vías más naturales: Oriente nos ha reservado un bello legado: técnicas refinadas a lo largo de milenios que permiten, mediante ciertos ejercicios o disciplinas, utilizar la propia mente para alcanzar esos estados. Muchos -muchísimos- son los occidentales que han accedido a ellos a través de la meditación, el yoga, el chi-kun, el tai-chi… y también – ¿por qué no? – a través de la simple contemplación de un paisaje o una oración elevada desde el corazón.

En definitiva, parece que el anhelo del ser humano se dirige hacia un estado en el que identificarnos con el universo, con la totalidad, con la presencia divina; es decir, en el que nos fundimos con la Unidad. Sin embargo, el psicólogo transpersonal Ken Wilber, uno de los grandes filósofos de la actualidad, opina que en realidad ese estado de iluminación, de gracia o de conciencia unitiva -como se expresa en términos más modernos- no es un estado anormal ni un estado alterado de consciencia sino más bien el único estado de consciencia real: el estado origen y destino de toda alma humana. Pero, si es así, ¿por qué ordinariamente no tenemos esa percepción? Pues, en palabras del propio Wilber, “no nos damos cuenta de que el espíritu está totalmente presente aquí y ahora mismo, porque nuestra consciencia está atrapada en algún tipo de evitación”.

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