“Cartas sobre el Yoga” es un texto de más de mil páginas, que recoge las respuestas que Sri Aurobindo fue dando, a lo largo de los años, a los numerosos discípulos que le escribían planteándole cuestiones, dudas, dificultades que encontraban en el camino del Yoga integral. El contenido de dichas “Cartas” ha sido agrupado por temas, para facilitar su lectura y comprensión. A continuación, un extracto de las mismas, referido a la dificultad en el camino interior.

 

Matrimandir en la ciudad de Auroville, India.

 

LA DIFICULTAD

Siempre hay, en los comienzos, dificultades y obstáculos para el progreso, y hasta que el ser no está a punto, un retraso en la apertura de las puertas interiores. Si cada vez que meditas sientes la quietud y los destellos de la Luz interior, si la atracción interior adquiere tal intensidad que la influencia exterior decrece y las perturbaciones vitales pierden su fuerza, eso constituye ya un gran progreso.

El camino del yoga es largo; cada palmo de terreno ha de ser conquistado venciendo una gran resistencia, y no hay ninguna cualidad más necesaria al sadhaka que una paciencia y una perseverancia sin fluctuaciones, junto con una fe inquebrantable que permanezca firme a través de todas las dificultades, retrasos y fracasos aparentes.

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Esos obstáculos son frecuentes en las primeras etapas de la sadhana; son debidos a que la naturaleza no es todavía suficientemente receptiva. Es preciso que descubras si el obstáculo se esconde en la mente o en el vital y trata de ampliar la consciencia en ese punto, trata de procurarle más pureza y paz, y en esta pureza y esta paz ofrecer al Poder divino sincera y totalmente esa parte de tu ser.

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Cada parte de la naturaleza quiere seguir con sus viejos movimientos y rehúsa, tanto como puede, admitir un progreso y un cambio radicales, porque eso la sujetaría a algo superior y le impediría ejercer su soberanía en su propio campo, en su imperio separado. Por esto la transformación es un proceso tan largo y difícil.

La mente se entorpece porque su base inferior se apoya en la mente física y en su principio de inercia o tamas, pues en la materia la inercia es el principio fundamental. Una constante o larga continuidad de experiencias superiores produce en esta parte de la mente una sensación de agotamiento o una reacción de incomodidad o de torpeza.

El éxtasis o samadhi es un medio de escape; el cuerpo se sosiega, la mente física se adormece; la consciencia interior queda libre para proseguir sus experiencias. El inconveniente consiste en que el éxtasis resulta indispensable, y el problema de la consciencia de vigilia sigue sin resolver, pues ésta permanece imperfecta.

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Si la dificultad durante la meditación consiste en la intrusión de pensamientos de todas clases, no es debido a las fuerzas hostiles sino a la naturaleza ordinaria de la mente humana. Todos los sadhakas se encuentran con esta dificultad y a muchos les dura largo tiempo.

Hay varias maneras de vencerla. Una de éstas es la de contemplar los pensamientos sin quedarse en ellos y, observando la naturaleza de la mente humana tal como sus pensamientos la revelan, dejar que poco a poco vayan desapareciendo. Éste es el sistema recomendado por Vivekananda en su rajayoga.

Otro procedimiento es el de contemplar los pensamientos como si no fueran propios, el de convertirse en el purusha-testigo que se mantiene detrás y no da su consentimiento. Los pensamientos son considerados como cosas procedentes del exterior, de la prakriti, y hay que sentirlos como transeúntes que cruzan el espacio mental, con los que no se tiene ninguna relación ni despiertan el menor interés. De esta manera, después de un cierto tiempo, la mente se divide generalmente en dos partes: el testigo mental que observa, mientras permanece perfectamente impasible y sosegado, y el objeto de la observación, la prakriti, por la que cruzan, errantes, los pensamientos.

Después de lo cual, se puede empezar a tranquilizar o a silenciar también esa otra parte.

Hay, por último, un tercer método, activo, en el que uno se esfuerza en ver de dónde vienen los pensamientos, y se descubre que no proceden del interior sino de fuera de la cabeza, por así decirlo. Si uno logra descubrirlos cuando están viniendo, debe rechazarlos completamente antes de que puedan entrar. Este procedimiento es tal vez el más difícil y no todo el mundo puede practicarlo; pero si se puede seguir, es el camino más corto y el más eficaz hacia el silencio.***

Es necesario que observes y que conozcas los malos movimientos que hay en ti, porque son la causa de tu dificultad y tienes que rechazarlos persistentemente si quieres alcanzar la liberación. Pero no estés siempre pensando en tus defectos y en tus errores. Concéntrate más bien en lo que tienes que ser, en el ideal, teniendo fe en que este ideal ha de llegar y llegará a ser realidad, puesto que es la meta que está ante ti.

La constante observación de nuestras faltas y de nuestros errores produce depresión y debilita la fe. Vuelve más tus ojos a la luz naciente y menos a la oscuridad presente. La fe, la alegría, la confianza en la victoria final es lo que ayuda, lo que hace que el progreso sea más fácil y más rápido.

Haz más caso de las buenas experiencias que vienen a ti. Una experiencia de este género es más importante que los falsos pasos y los fracasos. Y cuando cesa, no te lamentes ni te dejes arrastrar por el desaliento; permanece tranquilo interiormente y aspira a que se renueve de una manera más intensa y te conduzca a una experiencia todavía más profunda y más completa.

Aspira siempre, pero con más sosiego, abriéndote al Divino de una manera simple y completa.

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 El vital inferior en la mayoría de los seres humanos está lleno de defectos graves y de movimientos que proceden de las fuerzas hostiles. Una apertura psíquica
constante, la repulsa persistente de esas influencias, la separación de uno mismo de todas las incitaciones hostiles y el influjo de la calma, de la luz, de la paz y de la pureza, del Poder de la Madre, te liberarán finalmente de este asedio.

Lo que hay que hacer es estar sosegado, cada vez más y más sosegado. Considera esas influencias como algo ajeno a ti, como intrusos, sepárate de ellas, ciérrales la puerta y mantente en un estado de serena confianza en el Poder divino. Si tu ser psíquico invoca al Divino y tu mente es sincera y pide su liberación de la naturaleza inferior y de todas las fuerzas hostiles, si puedes invocar el poder de la Madre en tu corazón y confiar más en este poder que en tus propias fuerzas, este asedio será finalmente vencido y la fuerza y la paz ocuparán su lugar.

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La naturaleza inferior es ignorante, no es divina; en sí misma no es hostil a la Luz y a la Verdad, pero sí cerrada a su influjo. Las fuerzas hostiles son antidivinas, no meramente no divinas; se sirven de la naturaleza inferior, la pervierten, la llenan de movimientos desviados, y de ese modo influyen en el hombre y tratan incluso de entrar en él y de poseerlo o, por lo menos, de dominarlo completamente.

Líbrate de toda opinión exageradamente despectiva de ti mismo y de la costumbre de sumirte en la depresión por el sentimiento de pecado, de dificultad o de fracaso. Estos sentimientos no sólo no ayudan verdaderamente, sino que, por el contrario, constituyen un inmenso obstáculo y dificultan el progreso. Pertenecen a la mentalidad religiosa, no a la mentalidad yóguica. El yogui debe contemplar todos los defectos de la Naturaleza como movimientos de la prakriti inferior, comunes a todos, y rechazarlos con calma, firmeza y perseverancia, con una absoluta confianza en el Poder divino: sin debilidad, ni depresión, ni negligencia y sin excitación, impaciencia ni violencia.

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La regla, en el yoga, no es dejarse abatir por la depresión sino separarse de ella, observar su causa y eliminarla; porque la causa está siempre en uno mismo: quizá sea un defecto vital en alguna parte del ser, un impulso malo que se tolera o un deseo trivial que produce un retroceso, bien sea porque se le da satisfacción o bien por denegársela. En el yoga un deseo satisfecho, un falso movimiento tolerado, provoca frecuentemente un retroceso peor que un deseo frustrado.

Es necesario que vivas más profundamente en tu interior y menos en la parte mental y vital exteriores que están expuestas a estos contactos. El ser psíquico profundo no es abrumado por éstos; se mantiene en su característica proximidad al Divino y ve los pequeños movimientos de la superficie como cosas superficiales, extrañas al Ser verdadero.

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En la manera de tratar las dificultades y los malos impulsos que te asaltan, cometes probablemente el error de identificarte excesivamente con éstos y de considerarlos como parte de tu propia naturaleza. Deberías, por el contrario, apartarte, desasirte y disociarte de estas cosas, considerarlas como movimientos de la naturaleza inferior universal, imperfecta e impura, como fuerzas que penetran en ti y tratan de hacer de ti el instrumento de su propia expresión. Procediendo así, es decir, desasiéndote y disociándote de estas cosas, te será más fácil descubrir una parte de ti -el ser interior o psíquico- a la que no atacan ni perturban, y vivir en esta parte cada vez más. Estos movimientos le son extraños; les deniega automáticamente su consentimiento y se siente siempre orientada o en contacto con las Fuerzas divinas y las regiones superiores de la consciencia. Descubre esa parte de tu ser y vive en esta parte. Ser capaz de hacerlo es el verdadero fundamento del yoga.

Retirándote así hacia atrás, te será también más fácil hallar dentro de ti, detrás de los conflictos de la superficie, un sosegado equilibrio desde el cual podrás pedir más eficazmente la ayuda que te liberará. La presencia, la calma, la paz, la pureza, la fuerza, la luz, la felicidad, la amplitud divinas están encima de ti, dispuestas para descender a ti. Halla este sosiego que está detrás y tu mente se tranquilizará también, y por medio de esta mente sosegada, podrás pedir y hacer descender primero la pureza y la paz, y después la Fuerza divina. Cuando puedas sentir en ti el descenso de esta pureza y de esta paz, podrás hacerlas descender de nuevo una y otra vez, hasta que comiencen a establecerse en ti; sentirás también que la Fuerza trabaja dentro de ti para cambiar los impulsos y transformar la consciencia. En este proceso percibirás la presencia y el poder de la Madre. Hecho esto, todo lo demás no es más que una cuestión de tiempo y de desarrollo progresivo de tu verdadera naturaleza divina.

 

 

La presencia de imperfecciones, e incluso de muchas y muy serias imperfecciones, no puede ser un impedimento permanente para el progreso del yoga. (Y al decir esto no me refiero a una reanudación de la apertura anterior porque, según mi experiencia, lo que viene generalmente después de un periodo de obstrucción o de lucha es una nueva y más vasta apertura, una consciencia más amplia y un progreso en relación con lo que se había ganado anteriormente y que durante un cierto tiempo parecía en apariencia perdido). El único impedimento que puede ser permanente -pero que no lo es necesariamente, porque también ese puede ser superado- es la insinceridad, y ésta no existe en ti.

Si las imperfecciones fueran un impedimento, nadie podría tener éxito en el yoga; porque todos los hombres son imperfectos, y, según he podido observar, no tengo la seguridad de que los que poseen una aptitud superior para la práctica del yoga no sean, precisamente, los que tienen o han tenido las más graves imperfecciones.

Supongo que conoces el comentario de Sócrates sobre su propia naturaleza. Muchos grandes yoguis podrían decir otro tanto de su naturaleza humana inicial. En el yoga, lo único que cuenta al final es la sinceridad, y con la sinceridad la paciencia para perseverar en el sendero. Muchos, incluso sin tener esta paciencia, prosiguen hasta el fin porque, a pesar de la rebeldía, de la impaciencia, de la depresión, del desaliento, de la pérdida temporal de la fe, una fuerza más grande que su ser exterior -la fuerza del Espíritu, el impulso de la necesidad del alma- les empuja a través de la niebla y la oscuridad hacia la meta que está ante ellos. Las imperfecciones pueden ser escollos que provoquen una mala caída temporal, pero no un impedimento permanente. Los periodos de oscuridad que provienen de alguna resistencia de la Naturaleza pueden ser una causa más seria de retraso, pero tampoco son de duración ilimitada. La larga duración de tus periodos de oscuridad no es una razón suficiente para dejar de crecer en tu aptitud o en tu destino espiritual. Creo que estas alternativas de periodos de luz y periodos de oscuridad son una experiencia común entre casi todos los yoguis, y que las excepciones son muy raras. Si se inquieren las razones de este fenómeno tan desagradable para nuestra impaciente naturaleza humana, se descubrirá, a mi parecer, que hay dos razones primordiales. La primera es que la consciencia humana o no puede soportar un descenso constante de Luz, de Poder y de ananda, o no puede, a la vez, recibirlos y absorberlos; necesita periodos de asimilación.

Pero esta asimilación prosigue detrás del velo de la consciencia de superficie; la experiencia o la realización que ha descendido se retira detrás del velo y deja que la consciencia exterior permanezca en reposo, para prepararse para un nuevo descenso. En etapas más avanzadas del yoga, estos periodos sombríos o nebulosos se vuelven más cortos, menos penosos, y son aligerados por la percepción de una consciencia más grande que, aunque no actúa para un progreso inmediato, está sin embargo presente y sostiene la naturaleza exterior.

La segunda causa es una resistencia, alguna cosa en la naturaleza humana que no ha sentido el descenso anterior, que no está a punto y que quizá no quiere cambiar, y, que, abierta o secretamente, hace surgir el obstáculo. Muchas veces es la arraigada formación de un hábito mental o vital, o bien una inercia momentánea de la consciencia física, pero no exactamente una parte de la Naturaleza. Si se consigue descubrir la causa, reconocerla, ver su funcionamiento e invocar al Poder para que la haga desaparecer, los periodos de oscuridad pueden reducirse grandemente y su intensidad disminuye.

Pero, en todo caso, el Poder divino prosigue siempre veladamente su obra, y un día, quizá cuando menos se espera, el obstáculo desaparece, se disipan los nubarrones y el sol resplandece otra vez. La mejor actitud en esas circunstancias, si uno es capaz de adoptarla, es la de perseverar tranquilamente, sin irritarse ni desanimarse y mantenerse lo más abierto que sea posible a la Luz, esperando con fe su venida.

He tenido ocasión de constatar que eso reduce la duración de estas pruebas. Después, una vez que el obstáculo ha desaparecido, se descubre que se ha efectuado un gran progreso y que la consciencia ha aumentado notablemente su capacidad de recibir y de retener. Hay una compensación por todas las pruebas y tribulaciones de la vida espiritual.

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Aunque el reconocimiento del Poder divino y el ajuste de tu propia naturaleza al mismo no se puedan efectuar sin que reconozcas asimismo las imperfecciones de esa naturaleza, es sin embargo una mala actitud insistir demasiado en las imperfecciones o en las dificultades creadas por éstas, o desconfiar de la acción divina por las dificultades que experimentas, o conceder demasiada importancia al lado sombrío de las cosas. Adoptando esta actitud acrecientas la fuerza de las dificultades y das a las imperfecciones más base para persistir.

No pretendo un optimismo a lo Coué, aunque un optimismo excesivo ayude más que un pesimismo excesivo; el método Coué tiende a disminuir las dificultades y, por otro lado, hay que tener siempre un sentido de proporción en todo. Pero tú no corres el riesgo de subestimar las dificultades y de ilusionarte con una perspectiva desmesuradamente brillante; por el contrario, insistes siempre demasiado en las sombras y al obrar así las oscureces más y obstruyes tus puertas de salida hacia la Luz. ¡Fe, más fe! Fe en tus posibilidades, fe en el Poder que está actuando detrás del velo, fe en la obra que está por hacer y en la ayuda ofrecida.

No hay ningún propósito grande (y menos aún en el campo espiritual) que no promueva o que no tropiece con graves obstáculos de una naturaleza muy pertinaz. Obstáculos internos y externos, esencialmente iguales para todos, pero extremadamente variables en su intensidad relativa y en su aspecto exterior. La única dificultad real consiste en la armonización de la naturaleza con la acción de la Luz y del Poder divinos. Una vez resuelta dicha dificultad las otras desaparecerán o se situarán en un lugar subordinado, e incluso aquellas que son de un carácter más general, más duradero -porque son inherentes al trabajo de transformación-, no pesarán tan abrumadoramente porque sentirás la fuerza que sostiene y tendrás un poder más grande para seguir su movimiento.

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