Por José Luis Azón

 

Todo en la existencia es energía y lo que percibimos como realidad es pura ilusión de una mente que no tiene capacidad para experimentarla directamente y necesita “traducirla” de acuerdo a sus esquemas.

 

 

Resulta llamativo que, de acuerdo a los testimonios que nos han llegado de experiencias de iluminación, el cristiano suele “ver” a la Virgen María o a Cristo, el budista a Buda o el islamista a Mahoma. Es decir, ven a los referentes de sus propias tradiciones religiosas, pero nunca ven a los de otras.

La explicación puede ser que la experiencia de iluminación, al igual que cualquier tipo de experiencia sublime, tiene dos partes diferenciadas, aunque separadas entre sí por una fracción infinitesimal de segundo. En la primera, la persona se siente transportada a un estado en que la Conciencia se percibe a sí misma sin intermediación de la mente y los sentidos, reencontrándose con su verdadera naturaleza. En la segunda, la mente ordinaria, que necesita explicarse todo desde sus propios esquemas, se apropia de la experiencia y la “traduce” de acuerdo a sus convicciones, de acuerdo a su particular percepción de la realidad.

Según Sri Aurobindo, el Universo es energía manifestada en distintos niveles de vibración. Desde esta perspectiva, la realidad que percibimos no es más que una manifestación simbólica de la energía a la que accedemos, ya que la mente ordinaria no tiene capacidad para captarla y comprenderla directamente, precisando por ello de dicho lenguaje simbólico.

Esto se ve con claridad en los sueños o en muchas experiencias de meditación, en los que aparecen imágenes y situaciones que no son sino reflejo de la energía a la que en cada caso tenemos acceso. Por eso, no hay que caer en el error de hacer una interpretación literal de las mismas, sino entenderlas como la manera que tiene la mente de comprender manifestaciones energéticas concretas.

Si en un sueño nos vemos por ejemplo atrapados en un espacio cerrado y de pronto vislumbramos una salida, nos dirigimos a ella y cuando vamos a franquearla aparece un abismo lleno de densa niebla que nos deja paralizados, lo que realmente nos está mostrando es una energía de anhelo de apertura, de superación de los condicionantes que limitan nuestro caminar por el mundo, y el temor profundo a abrir espacios internos que escapan a nuestro control. Y si en una meditación vislumbramos seres de luz o paisajes plenos de belleza y armonía, estaremos accediendo en realidad a energías sutiles más elevadas, que también somos, y que nos muestran el contraste con la realidad ordinaria en la que nos movemos, motivándonos a desarrollar el potencial de crecimiento de que hablaba Maslow, para transmutar las habituales energías densas en energías más refinadas.

La insistencia de los grandes maestros espirituales en el silencio mental como vía hacia el conocimiento directo, muestra el camino para trascender el juego hipnótico del ego atrapado en una realidad distorsionada.

Un alumno que llevaba un tiempo practicando meditación, corrió un día a ver a su maestro, lleno de gran alborozo y excitación, y le dijo: “¡¡Maestro, he visto un un kaleidoscopio de luces brillantes, he visto seres de luz, he visto un universo luminoso y radiante!! El maestro le dirigió una mirada compasiva y finalmente le respondió: “Hijo mío, no te preocupes. Sigue meditando que ya se te pasará”.