El veterano líder de un grupo de rock español contestaba en una entrevista a la pregunta de cómo se encontraba en ese momento de su vida: Me siento en un estado crítico, estoy en el “ya no” pero “aún no”. Me encantó la respuesta, tan concisa y atinada a la vez, sobre las dificultades de abandonar las viejas pautas y decidir adentrarse en un camino que ya no es que sea arduo, es que hay que ir trazándolo a medida que se avanza por él, sabiendo que no hay meta, que nunca se llega al final.

La vida ha sido comparada metafóricamente por escritores y poetas con un río que nace de la tierra y se ve impelido a afrontar vicisitudes y obstáculos a lo largo de su recorrido, para acabar disolviéndose en el mar. Todo tiene un sentido en la existencia, nada es casual, y el río de la vida que cada ser humano debe transitar tiene también un sentido inherente a su propia naturaleza, que le empuja a transmutar desde la identificación con un ego que atrapa y condiciona, a la apertura a su auténtica esencia como ser espiritual.

Cada ser humano porta dentro de sí el anhelo de retorno a la fuente original, de la que en un momento determinado tuvo que desgajarse para identificarse con una mente egoica que debía centrar todo su esfuerzo en la supervivencia como especie. Según la teoría esotérica, esa separación tuvo lugar en los orígenes del ser humano cuando la consciencia se identificó con el ego para poder construirse, mientras otras teorías sostienen que se produce en algún momento del embarazo, cuando el feto siente la llamada del instinto de supervivencia, el más potente en todo ser vivo. Pero más allá de elucubraciones teóricas, lo importante es que dicha separación es una realidad que todos sufrimos.

Pesan mucho en cada uno de nosotros las cargas y condicionantes que arrastra el yo que creemos ser, y el precio que pagamos por ello es sentir la propia vida como una crisis en la que el sufrimiento, el miedo y la constante incertidumbre nos atrapan con demasiada frecuencia, sin que encontremos otro recurso para sobrellevarlo que buscar la felicidad soñada en el mundo material, puro territorio del ego, y practicar la huida hacia delante creyendo que así podremos superar el dolor, la impotencia y el aturdimiento.

Quizá nos encontremos todavía en una fase temprana en nuestra evolución como especie y no estemos preparados aún para realizar el retorno a la fuente original de forma colectiva y natural. Lo que no excluye que exista actualmente una minoría significativa de seres humanos que perciben su anhelo de autorrealización, de retorno a la esencia que somos, como el auténtico sentido de su vida y lo busquen tratando de recorrer su propio camino interior.

CRISIS ESPIRITUAL

Existen diferentes tipos de crisis. Por un lado, los cambios que experimentamos a lo largo de las diferentes etapas de la vida, sobre todo en la adolescencia, la mediana y la tercera edad, nos pueden llevar a replantearnos el sentido de la vida, bien por no creernos preparados o capaces de abordar dichos cambios y adaptarnos a ellos, bien por hacernos más conscientes del desajuste entre la realidad vivida y la anhelada, al darnos cuenta de que los esquemas en que nos hemos movido hasta ese momento no han estado en consonancia con las auténticas aspiraciones del ser que somos.

Por otro, es habitual acabar sufriendo a lo largo de la vida situaciones traumáticas o trágicas, como pueden ser entre otras la separación de la pareja, pérdida del trabajo, enfermedades graves o fallecimiento de seres queridos, que nos acarrean sufrimiento e inseguridad y pueden llegar a remover cimientos que hasta esos momentos creíamos sólidos.

Pero aquí vamos a centrarnos en otro tipo de crisis, la espiritual. Los maestros del camino interior coinciden en la dureza y dificultad que su recorrido entraña; y es que son muchos los obstáculos con los que se topa cualquier persona que se aventura a recorrerlo.

En algún momento del trayecto aparecen la duda, la incertidumbre, la confusión, porque estamos intentando salir de una representación mental del mundo condicionada por el miedo, las creencias del pasado y los esquemas en que nos hemos movido hasta ahora, sin que, por otro lado, nos hayamos afianzado aún en la nueva visión o incluso apenas la hayamos vislumbrado. Es como andar a ciegas por un camino inexistente, sin referentes conocidos ni anclajes a los que aferrarse.

Es lógico por tanto que en el trayecto surjan crisis que nos sumergen en la desorientación, inseguridad, desilusión, desconfiguración del sentido de la vida, pérdida de referentes, etc.

Pero hay que entender que ese estado crítico es útil, porque viene a ser un indicador de que nos movemos, de que estamos transitando desde el modelo anterior, tan familiar y reconocible pero a la vez tan alejado de lo que en este momento anhelamos, al nuevo estado de plenitud hacia el que algo dentro de nosotros nos empuja con fuerza. Así entendido, el camino es por un lado liberación y por otro adaptación al ser desnudo pero completo en sí mismo.

Toda crisis de crecimiento es un tránsito necesario entre los viejos moldes que nos venían asfixiando y de los que hemos decidido liberarnos, y el nuevo ser que nos exige un cara a cara con la vida, con la existencia. El choque de energías entre lo que no queremos ser pero aún somos y lo que queremos ser pero aún no somos, nos provoca pensamientos confusos, vaivenes emocionales, tensiones corporales y desestabiliza lo que hasta entonces habíamos considerado como las señas de identidad de nuestro yo.

Abordar el camino conlleva salir de la cueva húmeda y angosta, pero que nos procura una cierta ilusión de seguridad, para adentrarnos en una aventura jalonada por la incertidumbre. Hay que atreverse, porque lo cómodo aunque frustrante es quedarse dentro.

Y es que sólo saliendo de la cueva puede uno “ver” qué había en ella; sólo saliendo a plena luz puede uno valorar la oscuridad en la que había estado viviendo. Pero ese salir fuera tiene muchas resistencias, porque pesa la inercia cimentada desde mucho tiempo atrás, porque hay miedo a la pérdida de los referentes habituales y porque la luz, que no es otra cosa que el conocimiento, nos deslumbra y puede inicialmente desorientarnos.

Y no sólo nos sentimos confusos y desprotegidos sino que además estamos a merced de dos fuerzas opuestas. Hay una parte de nosotros que se resiste al cambio, que siente miedo e inseguridad, que trata de aferrarse como sea a lo conocido aún a sabiendas de que ya no nos llena, que siente vértigo ante lo que está por venir porque no lo conoce y por tanto no lo puede controlar como ha hecho, o ha creído hacer hasta ahora. Y hay otra parte que empuja impulsada por el anhelo de realización, por el potencial de crecimiento interior que todos llevamos dentro. Y esa lucha de fuerzas es la causante del desasosiego, de la inquietud, del no saber qué queremos porque ahora mismo nada puede satisfacernos.

Pero en este estado es importante saber que no pasa nada, que no hay que preocuparse, porque si logramos tener paciencia, si somos capaces de confiar y dejar que la vida nos lleve por donde necesitamos ir, poco a poco nos sentiremos pisar más firme, con más seguridad y comprensión; y entonces ya no tendremos duda de que estamos donde tenemos que estar y nada nos detendrá.

El bebé siente miedo y sufrimiento cuando se ve impulsado a atravesar el estrecho canal del parto y enfrentarse a lo desconocido, pero sigue adelante y lo consigue. Esa intención y esa fuerza está en cada uno de nosotros. Ser capaz de atravesar una situación complicada es volver a nacer; no hacerlo es quedarse atrapado en ella.

Por ello, a pesar de la sensación de desarraigo creciente que va instalándose dentro y de la inseguridad que las crisis interna despierta, es un camino a recorrer con una mente lúcida, que vea con claridad más allá de los prejuicios mentales y comprenda el sentido que todo lo que está viviendo tiene, para no caer en racionalizaciones distorsionadas que sólo van a conseguir dificultar el avance.

Superar la crisis del camino interior nos llevará a experimentar un cambio cualitativo que las tradiciones contemplativas hinduistas describen como un acercamiento al ser espiritual que anhelamos, es decir, Sat Chit Ananda: existencia, conciencia y felicidad; y a los 4 estados sublimes en los que, según la tradición budista, se transforma la mente condicionada: Maitry (bondad de corazón), Mudita (alegría serena), Karuna (compasión) y Upeksha (ecuanimidad).

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