POR JOSÉ LUIS AZÓN

 

Una de las claves de la felicidad es saber alcanzar en el día a día un sabio equilibrio entre la obligación y el disfrute. Pero, aunque parezca obvio, no es fácil.

 

Por un lado, no somos demasiado conscientes de que en esta sociedad nuestra vivimos en un permanente estado de activación, que nos empuja cada día a embarcarnos en múltiples actividades. “Me falta tiempo”, dicen muchas personas, sin darse cuenta de que son víctimas de un patrón de conducta aprendido en el pasado que, si lo analizan fríamente, es un sinsentido total. Pero necesitamos la zanahoria para seguir caminando, aunque el precio a pagar sea estrés y ansiedad crónicos, tensión corporal, fatiga, preocupaciones…, además de perdernos el encanto de parar y saborear todo lo que la vida nos va ofreciendo en cada momento.

Esta circunstancia es más evidente aún en personas que adolecen de un gran sentido de la responsabilidad, de la obligación. Aquellas que, según la conocida frase, viven para trabajar en vez de trabajar para vivir. Están tan atrapadas en su visión de la vida como espacio de lucha, de conquista, de competitividad, de hacer y hacer sin parar, que no se permiten un minuto de tregua. Pero esta actitud tiene mucho de huida de un sentimiento de inferioridad que sólo está en su mente, y de una necesidad de complacer a la voz interna que permanentemente les habla en clave de autoexigencia.

La gran carga de actividad cotidiana que asumen viene en gran parte motivada por una huida hacia delante de espacios de vacío, necesidad de compensar la baja autoestima y búsqueda ansiosa de aprobación y reconocimiento. Se trata de un patrón de conducta automatizado que esas personas adquirieron en su infancia y repiten desde entonces. Son víctimas del llamado “síndrome bicicleta”: si dejo de pedalear me acabaré cayendo.

 

Por otro lado, la mayoría de las personas no saben disfrutar de verdad, confunden consumo y disfrute. El consumo es un mal sucedáneo que trata de compensar espacios de vacío interior, amargura, insatisfacción, sufrimiento; proporciona un placer efímero, pero enseguida surge de nuevo la necesidad de volver a consumir. Así una y otra vez, y como no se puede obtener todo lo que se ansía, ni siquiera una buena parte, acaba cayéndose en un estado de frustración e insatisfacción.

Aparte de la poderosa influencia de nuestra mentalidad occidental, de los agresivos métodos de publicidad, de la sobredosis de artículos de consumo de todo tipo y de la necesidad de ser como los demás o más si se puede, lo cierto es que la secuencia de ansia por adquirir algo que nos atrae, satisfacción momentánea tras tenerlo en nuestro poder, pérdida del encanto inicial y ansia por adquirir algo nuevo, reproduce patrones de nuestra infancia que podemos ver plasmados en la reacción de cualquier niño/a ante un juguete con el que se ha encaprichado; lo demanda expresivamente, se alegra cuando lo obtiene, se cansa enseguida de él y al poco tiempo está pidiendo uno nuevo.

El disfrute, tal como lo quiero reflejar aquí, es también distinto de las sensaciones de placer, muchas de ellas efímeras, que puede provocar el logro o consumación de cualquier objetivo.

 

En cambio, el verdadero disfrute es un estado íntimo de conexión con nuestra auténtica naturaleza. Tiene una dimensión profunda y plena, estable en el tiempo. No necesita tener materialmente nada sino simplemente sentir y sentirse. En yoga estaríamos hablando de santosha. Pero para ello es necesario instalarse en un estado de paz interior y despertar a la capacidad que todos tenemos de abrirnos a cualidades hermosas como la belleza, la alegría, el amor, la sensibilidad, la calma profunda, etc., y simplemente abandonarnos a ellas, dejándonos llevar, para poder apreciar en su verdadera magnitud todo lo maravilloso que la vida nos ofrece.

Experimentado así, el equilibrio entre la obligación y el disfrute del que hablábamos al principio no significa alternancia entre ambos, sino integración. Hagamos lo que hagamos, podemos vivirlo sin perder conexión con ese estado interior, y de esta forma la obsesión por el resultado conseguido dejará paso al desapego de la acción realizada. Puro karma yoga.