No nos atrevemos a muchas cosas porque son difíciles, pero son difíciles porque no nos atrevemos a hacerlas.
Séneca
Según la interpretación que habitualmente se da a este término, atreverse es abordar una situación con determinación, coraje, valor, pero también exponerse al peligro de forma imprudente, arriesgarse sin medir las consecuencias, llevar a cabo conductas temerarias que pueden amenazar la integridad física.
Vista de esta segunda manera, es una conducta radical que nos da una percepción ilusoria de que somos capaces de superar el miedo y flirtear con el “riesgo”, aunque sólo sea mentalmente, cuando en realidad es un desahogo compensatorio, una huida hacia delante para liberar presión y tratar de minimizar, aunque sea de forma puntual, el estado habitual de temor y auto-limitación en el que vivimos.
Sin embargo, bien entendida, la energía de atrevimiento es natural, auténtica; es el anhelo de crecimiento y evolución que nos empuja sin tregua a movernos, a explorar, a ampliar límites, a transitar por caminos no trazados. Siempre está ahí, y sólo nuestros temores, prejuicios, auto-limitaciones, impiden que fluya regularmente, bien bloqueándola, bien desfigurándola.
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