Por Federico Fros Campelo.

Norberto Levy es un tipo que combina sagacidad con sencillez. Uno puede advertir a cada instante cómo presta atención a su diálogo interior, para ser ordenado tanto en escuchar a la otra persona como en presentar sus ideas. Cosa que le convierte en practicante pionero de las propuestas que él mismo promueve. Lo hace fiel a su discurso, consistente. Amoroso, podríamos decir también.

En nuestro extenso diálogo hablamos sobre el vínculo “rechazador-rechazado” que llevamos dentro, las funciones de nuestro cerebro/mente (especialmente la de autoevaluarnos), y la autorregulación de nuestro organismo. Incluso tocamos la relación que el budismo hace entre deseo y sufrimiento, revisamos la definición de ‘amor’, y reivindicamos el aprendizaje emocional. 

Desde el comienzo de tu trabajo, lograste discernir que había un aspecto tuyo que podía dialogar con otro aspecto tuyo, ¿no?

Diálogos interiores tenemos todos, todo el tiempo. No estamos habituados a percibirlos. Hasta la década del ’50, la psicología fue de tipo interpersonal. Exploró la relación con los demás. La ‘autoasistencia psicológica’ es una psicología intrapersonal. No sólo analiza los diálogos interiores, sino que dice que la relación “rechazador-rechazado” es una relación interior que todos tenemos y que es la madre de todos los conflictos.

¿Por qué la gente acude a una consulta psicológica? La esencia es que hay un desacuerdo con algo de mí que no me gusta y quiero cambiar. Los profesionales que nos dedicamos a la psicología, a la clínica, necesitamos aprender cuál es el camino que transforma lo que las personas rechazan de sí mismas para que lo puedan implementar. Así de simple es el fundamento del sufrimiento psicológico y su resolución.

Trazando un paralelismo a lo que se puede hacer en ingeniería, consigues que el proceso que transita el paciente sea eficaz, gracias a una reingeniería de cómo utilizar los recursos de manera diferente.

Así es.  El análisis de la relación evaluador-realizador permite un acceso rápido y profundo a los conflictos psicológicos básicos. Por eso lo llamo nanopsicología: son unidades de evaluación muy pequeñas. Esa es mi experiencia personal en la psicología, y un gran porcentaje de lo que aprendí, lo aprendí observándome a mí mismo. Puedo haber estudiado, leído, por supuesto que sí. Pero yo soy mi laboratorio.

Primero mirarnos dentro para poder después resolver el afuera. Entender cuán iguales somos todos en nuestro funcionamiento y recursos.

Cuando uno explora niveles muy profundos, descubre que a todos nos pasó exactamente lo mismo. A uno le pasó el 4 de Mayo del ‘75, a otro le pasó hace poco; a uno le pasó con María y Felipe, a otro con Juana y Pedro. Pero la esencia es la misma.

Uno se autocondiciona según el rol que asume. Si te sientes rechazado por ti mismo, acabas sintiéndote rechazado por otras personas…

Sí, obviamente uno de afuera recibe respuestas de agrado y respuestas de rechazo. El tema es que ese rechazador (originalmente externo) después se introyecta y se hace interno. Es natural.

 El neurofisiólogo portugués Antonio Damasio explica las emociones como un mecanismo más (muy refinado) de todos nuestros mecanismos de homeostasis  del cuerpo [la recuperación de un estado de equilibrio que permite que nuestro organismo funcione]. ¿Cómo se puede enmarcar la relación “rechazador-rechazado” dentro de estos mecanismos emocionales?

Cada vez que el estado actual del organismo se aleja del óptimo (de oxígeno, de temperatura, de hidratación, de potasio, sodio, etc.), para un lado o para el otro, se activa una señal de rechazo. Por ejemplo: mi organismo detecta hipoxia (la disminución de la cantidad de oxígeno en sangre) y estimula el centro respiratorio, lo que permite la activación de una nueva inspiración. Mi manera de rechazar activa un mecanismo que transforma lo que rechazo sin dañarlo. Ese es el “rechazo resolutivo”. Sabio.

La psicología adjudicó al rechazo una sola cualidad, que es la destructiva. Y le adjudicó a la aceptación la solución de todos los problemas producidos por el rechazo. [Norberto se ríe]. Un lema dando vueltas por ahí dice: “¿Quiere usted transformar lo que rechaza? Bueno, acéptelo”. ¡Pero no es así! En la clínica no funciona así. Yo no te puedo pedir que aceptes tu parte miedosa, tu parte insegura, tu parte envidiosa, tu parte celosa. ¡No la vas a aceptar! En lo que sí puedo ayudarte es a que la rechaces con sabiduría.

La solución no es pasar del rechazo a la aceptación, sino que la solución es pasar del rechazo destructivo al rechazo resolutivo.

Las neurociencias y las psicologías cognitiva y evolutiva hoy día comienzan a dar una explicación a las funciones que nuestro cerebro/mente tiene. El paradigma actual es que “la mente es lo que el cerebro hace”. Tanto la química como la información neuronal generan las emociones en mente y cuerpo. Tenemos un bricolaje de funciones emocionales, como resultado de un proceso evolutivo, que están operando internamente al mismo tiempo, y se activan o desactivan selectivamente. ¿Vendría a ser la relación “rechazador-rechazado” una operación funcional?

En realidad, un ‘software’ básico de nuestro cerebro/mente es el vínculo realizador-evaluador. Hay una secuencia que opera de manera infinita: se trata de ‘realizar-y-evaluar-lo-realizado’. Si nos gusta, lo sostenemos. Si nos desagrada, lo rechazamos e intentamos cambiarlo. Allí es donde aparece la relación rechazador-rechazado, que es una faceta de la relación evaluador-realizador que está en la base del programa fundamental de la computadora humana, y en el de todas las emociones. Si el evaluador sabe cómo rechazar de un modo que ayude al realizador a transformarse en la dirección que ambos desean, ese software resulta eficaz y permite el aprendizaje continuo. Si el evaluador, cuando rechaza al realizador, lo deprime en vez de estimularlo, se da el origen del sufrimiento humano. Una vez que uno vislumbra eso, tiene que crear técnicas para identificar esos roles y poder llevarlos a la luz.

A lo largo del tiempo se ha malinterpretado mucho la noción budista de que <<El deseo con apego [por decirlo en términos de Anthony De Mello] es el origen del sufrimiento humano>>. Lo que tú dices podría ayudar a clarificarla: la autoevaluación rechazante es el origen del sufrimiento humano. No estamos exentos de tener deseos y está bien tenerlos; el problema es: qué hacemos con ellos, y después, cómo nos medimos en función de lo que hicimos por tener esos deseos.

Para seguir en esta línea, te pongo un ejemplo: Yo deseo saltar 1,40 m. pero termino saltando sólo 1 metro. ¿Cómo se relaciona el Norberto deseador –metafóricamente, el jinete– con el Norberto hacedor –el caballo-?  El jinete puede enojarse con el caballo y castigarlo. El deseador le puede reprochar durante 30 años porque no cumplió sus expectativas. Eso pasa. Cuando la energía del deseo es infantil, quiere realizarse a toda costa; inmediatamente, como sea, y todavía no se autoobserva. El niño quiere un juguete que ve en la vidriera… El papá le dice: “Nene, son las 10 de la noche y está cerrado”. Pero lo quiere ahora y agarra una pataleta. Con el deseo inmaduro dañas el caballo. Lo haces correr y saltar hasta que se agota. El problema es que, como el caballo es interno, no tienes otro. Tienes que seguir con él.

Después de mucho viajar, mucho padecer y mucho experimentar, hay un momento en que el deseo madura y le dice al Norberto hacedor: “La verdad, me frustraste un poco. Pero me doy cuenta de que si saltaste un metro es porque dados los recursos que tenías, fue lo mejor que pudiste hacer”.

Mencionaste que a toda operación funcional de las emociones subyace la autoevaluación. Más que “homeostática”, esta función podría tratarse de un mecanismo “eu-stático” (inventando el término). Algo para mejor: los seres humanos tendemos a buscar situaciones de mejora y no sólo de equilibrio.

En el plano biológico el rechazo sabio ya es automático. Es decir, ocurre solito. Una sabiduría que incorporó el organismo en millones y millones de años evolucionando. Mientras yo estoy durmiendo, la autorregulación sigue produciéndose sin ninguna participación de mi voluntad. En el plano psicológico, interviene la consciencia individual, las creencias acerca de por qué pasan las cosas y cómo transformarlas… Los seres humanos –y esto es muy simple, pero esencial- sufrimos como consecuencia de nuestros intentos ignorantes de producir bienestar. ¡No sabemos cómo transformar a la otra parte que rechazamos! O la desprecio, o me desconecto y no la veo, o le digo “Te voy a enterrar bajo tierra porque me estas arruinando la vida”… Eso es lo que se escucha en la consulta…

Nuestra consciencia individual humana aún no aprendió qué hacer para transformar un aspecto psicológico que nos desagrada. No sabe. Metafóricamente, es como si el cosmos fuera un gran jardín que se autorregula solo. Y de repente, gracias a la evolución, aparece un aprendiz de jardinero (vendría a ser la consciencia individual) que quiere mejorar ese jardín, pero no tiene ni idea de cómo hacerlo. Va probando y va haciendo cosas que son desastrosas… lo riega con alcohol, por ejemplo. Eso produce mucho daño. El jardinero, después de siglos y siglos de ejercer su oficio, va aprendiendo. De ser un factor generador de daño y deterioro, se convierte en un colaborador de ese jardín.

Una visión “ecológica”, podríamos decir, ¿no? Uno inserto en el ecosistema y empatizando con él.

He escrito muchos artículos ilustrando este trayecto evolutivo de la consciencia humana. Uno es “La célula autoconsciente”: ¿Qué le pasaría a una célula del cuerpo si se volviera autoconsciente? ¿Sabes los desajustes que provocaría? No percibiría a las otras, decidiría luchar y destruir a sus vecinas para obtener más sangre, etc.

En tu libro La sabiduría de las Emociones 2, hablas del amor. Y justo el otro día me encontré un grupo de facebook auspiciado por una frase típica, tan popular que miles y miles de personas le ponen ‘me gusta’ y se sienten identificadas: “Yo también quise mucho a alguien y ahora no lo puedo ni ver”. Esta actitud parece natural en los seres humanos. ¿Por qué puede llegar a pasar eso? ¿Eso es amor?

Depende de cómo uno defina al amor, y qué lugar le asigne. El amor también atraviesa peripecias que lo desorganizan. El “amor celoso”, el “amor desilusionado”, el “amor enojado”, también son formas de amor, aunque inmaduras. Como el niño que ama a su madre, pero tiene  un berrinche porque ella atiende al hermanito. Es bueno que uno aprenda a encontrar el dolor del amor en la decepción, a ver el amor que hay en el alejamiento. Es otra manera de definir el amor, es otro paradigma. Las peripecias dejan heridas: tardan tiempo en reponerse y recobrar su condición de “amor amor”.

Un concepto fundamental que transmites en ese libro es que el amor no es una emoción sino una “calidad de vínculo”. Eso me pareció fabuloso. Una calidad de vínculo trasciende lo interno de una emoción, permite todo un repertorio de sentimientos que van y vienen dentro de una cierta relación.

El amor se anima a experimentar los problemas aunque se pierda un tiempo en ellos para resolverlos después, amorosamente. Si uno quiere iluminar la cueva, tiene que saber estar a oscuras dentro de esa cueva. Como una enfermedad, tienes que atravesarla y vivirla hasta que poco a poco te vas curando (o te mueres y es el siguiente quien se cura), y así se van produciendo los anticuerpos.

Hay algo esencial que dijiste hace un rato… Como especie humana, nos colocas en una situación genial: la de estar aprendiendo… Genera esperanza.

Efectivamente. Somos aprendices, no pecadores. Nuestro problema no es que seamos destructivos en esencia. Nuestro problema es que estamos explorando un espacio desconocido y estamos viendo cómo se hace para sobrellevarlo.

 En el futuro imagino una educación emocional seria: en colegios primarios, secundarios, universidades… Se enseña geografía e historia pero no se enseña cuáles son los recursos útiles, funcionales, de los que disponemos emocionalmente.

A medida que vaya habiendo cada vez más claridad y comprensión sobre qué hacer con el enojo, los miedos, los celos, la envidia, se transmitirá a quienes van a ser docentes para que después se lo enseñen a los niños. Eso llegará a los niños de aquí a 3 generaciones… Piaget decía: “Un conocimiento tarda tres generaciones en llegar a la escuela”.

Yo también imagino una educación emocional seria. ¡Tenemos el mismo sueño! 

Fuente: http://www.homosentiens.com.ar/