por Marta Bondía

 

Desde René Descartes y su famoso aforismo “Pienso, luego existo”, la humanidad ha identificado el pensamiento como la más alta cumbre a coronar por la raza humana, la cualidad por antonomasia del hombre y la mujer. Además, pensar ha sido entendido para muchos, como la capacidad que les faculta para sentirse por encima de toda la creación, como si nada más valioso pudiera ya ser alcanzado.

¿Pensar es realmente la capacidad última, entendiendo pensar como esa incesante cascada de ideas que brotan del interior de tu cabeza, muchas de ellas inconexas, sin sentido, ilógicas, esperpénticas en ocasiones, inconfesables en otras, y en muchas verdaderamente locas? ¿Ese pensamiento, que según el momento puede ser sublime y en otras ocasiones verdadero vómito mental, puede estar en lo más alto de la escala evolutiva? ¿Ésta es la capacidad máxima a la que puede aspirar el ser humano? ¡Dios, no!

¿En verdad pensar supone existir? Quizá Descartes no reparó en que una planta no piensa. Creo que nadie podría llegar a imaginar a la palmera de aquí en frente pensando que el tráfico es denso o que el tiempo se adecúa o no a la estación en la que estamos; sin embargo no hay duda alguna de que existe. El existir no es consustancial al pensar. Y en cualquier caso, si así fuera, ¿existir es lo máximo a lo que podemos optar? Quizá tengamos opciones de aspirar a algo más.

Hay una palabra que damos todos por sentada y de la que hablamos algo menos o quizá la usemos sin concederle su verdadera hondura y es “Vivir”. Vivir es esa capacidad de darte cuenta de que existes. Es la capacidad que emerge en el ser humano que dispone de una mente que solo contempla, capaz de captar lo que realmente está sucediendo, La Vida. Esa capacidad de darte cuenta de que existes es lo que la sabiduría perenne llama Vivir, mucho más que el mero existir.

Hay en la mente humana dos modos de funcionamiento. Un modo verborréico que fabrica de modo incesante o capta del inconsciente colectivo, infinidad de pensamientos de toda índole, y al que por desgracia le damos demasiada credibilidad. Y, dicho sea de paso, esta forma de funcionamiento de la mente es algo patológica, pero por extendida se ha dado como normal. Hay otro modo de funcionar de la mente que solo enfoca y capta lo que hay, lo que es. Este otro modo que se aleja de lo que comúnmente se llama pensamiento, es la verdadera facultad maravillosa del ser humano. Ver lo realmente real sin juicios ni valoraciones, sin pasarlo por el tamiz de la mente que todo lo clasifica y juzga en base a experiencias anteriores. Y aquí está el verdadero tesoro, cuando la mente se acalla, emerge la capacidad de ver que existimos, o lo que es lo mismo, que vivimos.

Vivir es el regalo supremo en este plano, la capacidad máxima del ser humano. Existir es la mera concatenación de hechos que se van sucediendo sin más. Ese modo de estar en el mundo es más subsistencia que verdadera vivencia. Vivir implica captar eso que en ese instante se está dando ante nosotros con la consciencia abierta, permitiendo que todos los matices que conlleva nos impregnen y así, zambullirnos en la experiencia. Vivir implica atención a eso que es, dándole su espacio, se trate de una persona, una situación, una sensación física o de un estado emocional que brota dentro de nosotros.

La vida es eso que sucede mientras pensamos lo que pasó o lo que vendrá. Ella está completa ante ti ahora, en el presente. Sin embargo el pensamiento está hacia atrás, en el pasado o proyectado, en el futuro. Date cuenta de que si te quedas en él, te pierdes lo que justo en este momento está sucediendo. Te quedas en un modo alienado de existencia. Lo de ahora no lo ves, con sus matices y detalles que te permiten contemplar eso en su verdadera dimensión. Enfoca tu mente, ánclala aquí y ahora y vive. Si estás en el pensar, solo te quedarás en el existir y te perderás eso, lo mejor que tenemos, Vivir.