“Todo está determinado, tanto el principio como el fin, por fuerzas sobre las que no tenemos ningún control. Está determinado para los insectos así como para las estrellas. Seres humanos, vegetales, o polvo cósmico, todos bailamos al son de una tonada misteriosa entonada en la distancia por un intérprete invisible”.

Albert Einstein

Según las diferentes creencias, este intérprete invisible es llamado Dios o dioses, Energía universal, Atman, Totalidad, Unidad o Unión cósmica… Y las fuerzas de las que habla Einstein son leyes universales con diferentes niveles vibratorios, que podemos agrupar bajo la denominación de Fuerza vital, que es Energía en acción, y está detrás de la conformación y coexión del orden universal, de la vida que percibimos y de la que nos resulta invisible. Está presente en todo lo que existe y por tanto en cada uno de nosotros.

La Fuerza vital fuente de vida

Como Energía en acción que es, la Fuerza vital habita y actúa en cada ser vivo, en este plano de existencia en el que nos encontramos, desde el momento de la concepción hasta el último suspiro.

Centrándonos en los seres humanos, somos un ego con el que nos identificamos, pero sobre todo somos un ser que participa de la Energía unitaria que impregna toda la existencia. Una Energía que, tal como han expresado a lo largo de los siglos los maestros espirituales y ha demostrado la física cuántica, se manifiesta a través de una gama de frecuencias vibratorias que abarca desde la más densa a la más sutil. Y cada ser vivo la percibe y utiliza de forma diferente.

En los seres humanos la Fuerza vital se asocia al tercer chakra, Manipur, un importante centro energético que se sitúa a la altura del ombligo. El Zen llama a dicho centro Hara, y precisa su ubicación situándolo cinco centímetros por debajo del ombligo. Centrarse asiduamente en ese espacio propicia vitalidad, serenidad y equilibrio físico, psíquico y energético.

Fuerza masculina y Fuerza femenina.

Aunque solemos referirnos a la Fuerza como energía unitaria, sabemos por experiencia que su potencia e intensidad varían, no sólo entre personas sino también en cada una de ellas. Dicha variación depende por un lado de la diferente intensidad energética del centro vital Manipur o Hara que cada cual portamos al venir a este mundo, y por otro, desde el momento en que la mente toma el control, varia también según el grado de apertura de dicho centro en cada situación y de su consiguiente fluidez por todo nuestro ser.

Pero no sólo cambia cuantitativamente en función de la actitud y disposición conque abordamos y manejamos las distintas experiencias que la vida nos va trayendo, sino que también difiere cualitativamente, de forma que podemos distinguir entre Fuerza masculina y Fuerza femenina.

La Fuerza masculina es racional, competitiva e impulsiva, y se materializa a través de la acción, la lucha, la conquista. Tiene un carácter explícito, perceptible, y tiende a identificarse con la fuerza física, aunque obviamente es mucho más compleja. Ha sido utilizada a lo largo de la historia para dominar y subyugar, aunque también para lograr avances significativos en la mejora de las condiciones de vida de los seres humanos.

Por su parte, la Fuerza femenina es intuitiva, sutil, serena, receptiva, creadora de vida y generadora de amor. Es por ello más potente que la masculina, aunque el carácter explícito de ésta pueda hacer pensar lo contrario. Los 40 días en el desierto de Cristo vadeando las tentaciones o el tiempo que Buda permaneció meditando bajo la higuera Bodhi hasta alcanzar la iluminación estuvieron presididos por esta Fuerza, manifestada a través de una presencia firme y serena focalizada en el centro del Ser, para soportar y no claudicar ante los conflictos internos y los vaivenes de la vida.

Miedo a la Fuerza interior

La Fuerza vital emana de la Energía Universal y es por tanto una cualidad del Ser. Sin embargo, la mayoría de personas tienen dificultad para relacionarse con ella de forma natural y fluida.

Todos conocemos el miedo y lo sentimos prácticamente cada día de nuestra vida ante muy diversas situaciones y experiencias. Es intrínseco a la naturaleza humana, así como a la del resto de seres vivos, al ser un mecanismo de supervivencia. Pero a diferencia de éstos, que sólo lo sienten de forma puntual en casos de peligro real o imaginado, los humanos llegamos a cronificarlo a causa de una mente que no sólo evalúa los posibles riesgos de cada momento presente, sino que tiende a recrearse en analizar vivencias del pasado y anticipar preocupaciones por un futuro que nunca será como pensamos.

La mayoría de estos miedos son conscientes y en muchos casos están relacionados con experiencias externas, como la imagen que pretendemos dar a los demás, su posible crítica hacia conductas nuestras, la soledad, el temor al compromiso, al fracaso, a la vida, aunque también hay miedos intrínsecos como los relacionados con la salud y su posible pérdida. Pero hay un tipo de miedo inconsciente del que se suele hablar poco y es el miedo a nosotros mismos.

Según Abraham Maslow, padre de la psicología humanista e inspirador de la transpersonal, cada ser humano posee un potencial de crecimiento hacia su autorrealización, que se desarrolla a través de la liberación de cargas, condicionantes y obstáculos internos que perturban su fluir energético, posibilitando así la natural apertura a sus cualidades sublimes, muchas de ellas ocultas a nivel inconsciente.

En la semilla de un roble anida todo el potencial que le llevará más adelante a convertirse en un gran árbol. Para ello necesitará un terreno apropiado y disponer del clima y nutrientes precisos, porque en otro caso no crecerá adecuadamente o incluso podría perecer. Ese potencial de crecimiento anida también en cada uno de nosotros, pero para llegar a desarrollarnos como seres completos necesitaríamos recrear las condiciones óptimas que permitan un fluir natural de su energía.

Sin embargo, gran parte de dicho potencial de crecimiento interior está oculto o apenas perceptible en nuestra sombra inconsciente, fruto de la contención forzada que cada uno de nosotros nos vimos obligados a realizar prácticamente desde que nacimos, bloqueando aquellas cualidades del ser que contravenían o ponían en peligro las rígidas normas de la educación que cada uno recibimos.

El miedo a la muerte es el padre de todos los miedos, porque conlleva la desaparición del ego con el que nos identificamos, cuya razón de ser es por encima de todo la supervivencia. Derivando de ese miedo troncal, nos dejamos atrapar con demasiada frecuencia por temores, inseguridades o preocupaciones que bloquean o interfieren el flujo natural de nuestra energía vital.

Tememos a los demás, al mundo, al sufrimiento, a perder la salud, la integridad física… Pero sobre todo nos tenemos miedo a nosotros mismos, a sentir y sentirnos en la energía del Amor que nos unifica y a abrir de par en par nuestro corazón a otras cualidades derivadas de él como la empatía, la capacidad de entrega, la comprensión de uno mismo y de los demás, el abandono a la vida, confiando en que lo que nos trae es lo que necesitamos en nuestro camino de crecimiento interior. Tenemos miedo a la libertad, a nuestro espíritu aventurero, temiendo que nos depare consecuencias no deseables. Tenemos miedo, en fin, a nuestra Fuerza interior, sustrato y motor de todas las demás energías, por temor a que se nos desborde y perjudique o destruya una imagen ante el mundo a la que incomprensiblemente priorizamos por encima de nuestras auténticas cualidades.

La Fuerza interior es el vehículo activador de nuestras energías

Lo es, dado que las cataliza e impulsa, aunque luego el control y miedos de la mente frenen o distorsionen su fluir natural. Pero si logramos acogerla con actitud serena y confiada, podremos abrirnos a armonizar con nuestro ser a través de la expresión de sus cualidades sublimes.

Porque el Amor en su más amplio sentido es la energía que coexiona todo lo que existe, ya que sólo puede considerársele como tal cualidad cuando no hay barrera alguna que lo intercepte o bloquee. Auténticamente experimentado es abandono, trascendencia o disolución del ego. Cuidarnos a nosotros mismos, no dañarnos ni dañar fuera, empatizar, sentir de corazón, ayudar a otros, son experiencias amorosas. Cuando se vive plenamente desaparece todo miedo, todo prejuicio, toda valoración; es un estado de felicidad radiante.

Por su parte, la Libertad es un anhelo de todo ser humano. Constantemente se la reivindica, se lucha, se suspira por ella, sin atender a que la verdadera Libertad empieza por uno mismo, lo que sólo es posible tras la liberación de cargas y condicionantes que arrastramos desde nuestra más tierna infancia. Ser libre es ser espontáneo, natural, no dejarse condicionar decisivamente por las circunstancias ni por temores o bloqueos internos, abrirse en definitiva a un sentir que emana directamente del ser.

Y el espíritu aventurero es un reflejo del anhelo de retorno a la Fuente original, trascendiendo una mente egoica que nos constriñe y separa. Es el camino del explorador que persigue romper barreras, traspasar límites y abrirse a un mundo desconocido que sitúa fuera pero que no es más que un reflejo del que lleva dentro. Por algo se dice que el camino interior es la mayor aventura a la que se enfrenta el ser humano.

Abrirnos a nuestra Fuerza interior para posibilitar su desarrollo y florecimiento nos permitirá aproximarnos a una mayor integración con nuestro ser espiritual.

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