Por Ángel Vivas *****

Astrofísico y filósofo, especialista en religiones orientales, Juan Arnau es una de las últimas revelaciones del pensamiento español. Su libro más reciente, La fuga de Dios (las ciencias y otras narraciones), publicado por Atalanta, es una indagación en la esencia del mundo y en lo que la ciencia nos dice (u oculta) sobre él. Reivindica “una verdad para la vida dentro de un universo creativo que, por serlo, nos invita a participar de esa creatividad; lo que es una fuente inagotable de alegría”.

Ese universo creativo lo ve Arnau como una fuga musical (a eso alude el título) a tres voces: percepción, imaginación y valores. “En el nivel de la percepción, la materia es importante. En el de los valores, inmaterial, no lo es tanto. El ámbito intermedio, el de la imaginación, es el espacio del alma, el lugar de encuentro de lo material y lo inmaterial”, añade apuntando a un aspecto central del libro.

Hablar de lo inmaterial pone nerviosos a los científicos al uso, pero Arnau da entender que la ciencia no se agota en el modelo dominante, que otra ciencia es posible. “Hay muchas ciencias”, explica, “y cada una da su propia versión de la realidad. Es decir, cada una de ellas es en cierto sentido no sólo un modo de ver el mundo sino también, en su ejercicio, un modo de estar en el mundo, un modo de participar del mundo. Hay ciencias más participativas que otras. Lo que ocurre es que, de modo general, lo que habitualmente llamamos Ciencia, así, con mayúscula, se mueve dentro de un esquema mecanicista y materialista y eso hace que se pierdan muchas cosas. Esa Ciencia, teme lo inmaterial. Y lo inmaterial, una esperanza, un miedo, un deseo, es lo que mueve el mundo”.

Al astrofísico Juan Arnau no le tiembla el pulso para poner la palabra Dios en el título de su libro. O para hablar de creación. “Podría haber dicho mundo natural, o naturaleza. Curiosamente la creación es un tabú cuando hablamos de filosofía o teología, pero todo el mundo aspira a ser creativo. Creación y contemplación son los dos ejes del mundo según la Bhagavad Gita, unos de los textos clásicos de la India. El juego que se llevan entre ambos da lugar al universo y en este sentido, la armonización de ambos da lugar no sólo a las grandes creaciones artísticas, sino también a creaciones como la teoría de la relatividad y la teoría cuántica. El problema es que el mundo moderno ha dejado de lado la contemplación”.

La ciencia moderna tiene un momento fundacional y estelar con Newton, por lo que el libro le dedica un amplio espacio, deteniéndose en lo que podemos llamar su cara oculta. “El libro muestra que, en realidad, Newton no era newtoniano”, sostiene su autor. “El Newton que ha llegado hasta nosotros, el físico-matemático, el que se enseña en las escuelas, es una versión muy reducida y estrecha de lo que fue su visión del mundo. Se nos enseña un mundo mecánico y frio, un mundo de materia frígida y desafecta, mientras que para Newton la materia estaba llena de vida, llena de misteriosos poderes, y se hizo alquimista para hacerse con sus secretos”.

“El orden cósmico se encuentra lejos de ser tan simple como lo sería si la física y la matemática lo explicaran todo”, escribe Arnau en el libro. “El centro del mundo se encuentra en cada ser vivo; esa es la geometría, extraordinariamente compleja, del mundo en que vivimos”, corrobora en la entrevista.

“En cierto sentido”, añade Arnau, “puede decirse que, desde Newton, la ciencia avanzó porque dejó de lado a la conciencia. Pero esa situación se revirtió a principios del siglo pasado con la relatividad y la física cuántica. En ambas, la presencia del observador (y su conciencia) resulta fundamental. El problema es que las implicaciones de esto no han sido todavía asimiladas”.

En definitiva, Juan Arnau sostiene que está en juego “la elección entre el mundo chato y ciego del mecanicismo y un mundo donde cabe una revelación significativa y cierta”. “Cada uno ha de elegir su modo de estar y de participar del mundo, y en esa elección tendrá mucho que ver su propia mirada. La filosofía, si no es filosofía de vida, no es nada. Participar del misterio siempre es más divertido que encontrárselo resuelto”, dice; y concluye, volviendo al principio: “La filosofía que aquí se propone se centra en la alegría, que es un modo de estar en paz con uno mismo. Todo el mundo conoce esa sensación. La alegría tiene un carácter contagioso que positiviza el entorno y a las personas”.

Fuente: www.elmundo.es