La relajación, por André Van Lysebeth

El hombre moderno, con sus tensiones, su crispación, su nerviosismo, su ansiedad, está atrapado en el engranaje infernal que infaliblemente le arrastra hacia el stress, porque su perenne estado nervioso no le permite afrontar las exigencias de esta implacable vida moderna que, tras su amable y confortable decorado, esconde un mecanismo inhumano y una despiadada lucha por la vida.

No tiene nada de extraño que millones de hombres civilizados vivan con la deprimente impresión de haber «perdido el rumbo», porque sienten que se les ha impuesto una misión insuperable que no se ven capaces de llevar a buen fin, pero al mismo tiempo les es imposible sustraerse a ella. La química moderna pone a su alcance tranquilizantes y pildoras para todo, que quizá les proporcionen una falsa sensación de alivio; pero, a la larga, resulta peor el remedio que la enfermedad, porque no elimina las causas de ese nerviosismo, de esa ansiedad, sino que se limita a disimular sus manifestaciones.

Y, sin embargo, existen dos remedios que son a la vez preventivos y curativos: la respiración controlada y la relajación. Esta última es el antídoto más directo del nerviosismo y la tensión.

Lo fundamental de la relajación

Sin relajación no hay verdadero yoga, ni paz, ni felicidad posible. Ni siquiera puede haber salud. Una persona perennemente en tensión no puede alcanzar la felicidad ni aunque tenga a su alcance todo lo necesario para ser feliz. Añadamos en positivo que la relajación es el manantial del pensamiento creador. Y ésta no es su virtud más insignificante; acordémonos de Cicerón: «Sólo el hombre relajado es un verdadero creador y las ideas acuden a él como el rayo».

No debemos consentir que la relajación, lograda incluso en plena actividad, sea una exclusiva de los pequeños y de los animales (el gato es el modelo que hay que imitar); debemos aprender de nuevo a relajarnos durante varios minutos al día para poder hacerlo en cualquier circunstancia. No obstante, para profundizar en una mejor práctica que nos trasladará a ese delicioso estado de super reposo, superior incluso al mismo sueño, nos puede servir de ayuda comprender la razón de ser de sus mecanismos y aplicarlos con suma inteligencia.

Relajarse es un arte que se aprende, y resulta una auténtica revelación para aquellas personas que lo experimentan por primera vez. Al principio, el cuerpo se vuelve inerte y pesado, para después quedar abandonado, lacio y relajado, mientras el alma parece flotar, como si se desprendiera de toda contingencia material, fuera de su envoltura de carne. Vamos, pues, a hacer una corta incursión en el terreno de la anatomía, sin entrar en detalles reservados a los especialistas.

Sobre la musculatura y sus estados de tensión

Como es sabido, hay dos clases de músculos: 1) los de la locomoción, unidos al esqueleto, que nos permiten actuar y movernos a voluntad; tienen la particularidad de que pueden contraerse, reducir su tamaño en cuanto reciben una orden que les llega a la velocidad de un rayo, bajo la influencia de una excitación nerviosa.

2) los músculos lisos, que rodean las vísceras del cuerpo; constituyen una buena parte de las vísceras vacías y forman la musculatura del tubo digestivo, esfínter, etc. Estos poderosos músculos, de movimientos lentos, no están sometidos a la acción directa de la voluntad, aunque los yoguis logran controlarlos. Bajo el punto de vista de la relajación, estos son los primeros que hay que tener en cuenta y nos guardaremos mucho de disociar el músculo del nervio que le da las órdenes. Podemos imaginar al músculo como un electroimán y al nervio como el cable conductor de la electricidad, conectado a la fuente de energía eléctrica, que será el cerebro; así ya podemos examinar los diferentes estados en que pueden encontrarse.

El tono

Cuando estamos en vela, los músculos no activos se encuentran en estado de tono; en una especie de alerta pasiva, preparados para actuar. En esos momentos, por los hilos conductores circula una corriente de poca intensidad y el electroimán está poco excitado.

La contracción

La central eléctrica cerebral, según las necesidades de cada momento, da una orden y a lo largo del hilo se transmite una corriente más o menos intensa que pone en acción al electroimán; el músculo se encoge y el brazo se dobla, o la mano se cierra. Cuanto mayor sea el esfuerzo a realizar, más importante será el número de minúsculos motores que se pondrán en marcha.

La descontracción

Durante el sueño, el hombre se desliga del mundo exterior; todas las necesidades están satisfechas. La intensidad de la corriente baja al mínimo y el electroimán está casi desimantado, sin actividad; los músculos están flojos y lacios. Pero no todos; como medida de seguridad, algunos de ellos permanecen en guardia.

La superdescontracción

Podemos decir que los tres estados descritos son normales, habituales, y se presentan, tanto en el hombre como en los animales, no varias, sino miles de veces al día. Sin embargo, por una acción consciente y voluntaria, existe la posibilidad de desconectar mucho más completamente todavía que en el sueño los cables que conducen a los distintos electroimanes, para reducir la tensión de la corriente casi a cero, reduciendo también al mínimo el consumo de fuerza nerviosa. Este super reposo es la relajación yóguica, que en varios minutos elimina la fatiga más radicalmente que con horas de sueño.

LA EXCITACIÓN

Otro estado anormal, aunque muy frecuente, situado en los antípodas del anterior, es el estado de excitación. La central envía demasiada corriente por los hilos conductores, poniendo en acción un excesivo número de electroimanes sin necesidad alguna, con lo que se provoca un inútil derroche de energía nerviosa y muscular. De esta forma, lo que ocurre es que hay grupos musculares enteros permanentemente contraídos. Normalmente esto no les ocurre a los animales pero, en cambio, es el pan de cada día de innumerables habitantes de nuestras ciudades modernas.

Vivir en tensión

¿Cuánta gente vive las veinticuatro horas del día con las mandíbulas apretadas, los músculos del cuello en tensión, el ceño fruncido y los músculos de la espalda endurecidos? Es una pérdida continua de corriente, un constante dispendio de energía, una hemorragia de fuerza nerviosa. Descargan los acumuladores para nada, porque el consumo de energía nerviosa depende en mayor grado del número de motores musculares que se ponen en acción que de la potencia de cada uno de ellos.

Como hace falta casi tanta fuerza nerviosa para contraer un insignificante músculo de la cara, por ejemplo, que para un gran músculo de las piernas, el consumo de fuerza no sólo será proporcional al número de motores puestos en acción, sino a la intensidad de la corriente que circule por cada uno de los conductores. El leñador, por ejemplo, utiliza relativamente poca fuerza nerviosa para llevar a cabo un potente trabajo muscular, mientras que el maestro o el orador consumen mucha energía nerviosa a causa del gran número de músculos que han de poner en acción. Una mecanógrafa consume más fuerza nerviosa que un herrero. Así se explica el valor que tiene el silencio para acumular energía, por la economía de fuerza nerviosa que realiza.

Fijémosnos en lo que ocurre cuando hablamos. En nuestro consciente surge una idea que proviene de los abismos del inconsciente. En primer lugar, hay que traducir esa idea en palabras, que automáticamente son suministradas por ese mismo inconsciente en el orden exacto y con arreglo a las normas gramaticales y sintácticas. Pensemos en el número incalculable de órdenes rigurosamente precisas que se necesitan para articular esas palabras; órdenes dirigidas a los músculos que han de tensar y aflojar las cuerdas vocales y hacer que varíe constantemente la salida de aire.

Pensemos en las innumerables contracciones de los músculos de la lengua, de las man-díbulas, de los labios, de la cara y hasta de las manos, que con el gesto también participan en la conversación. Por cada frase se ponen en acción millares de pequeños motores, cada uno de los cuales precisa su parte de corriente. ¿Resulta extraño, entonces, que un discurso de un par de horas deje «vacío» a un orador?

Muy pocos oradores pueden presumir de que llegan al final de un discurso de esa duración sin estar agotados del todo… a menos que conozcan y practiquen las técnicas yóguicas de recuperación nerviosa. En este caso pueden pasarse en la tribuna horas y horas sin esfuerzo. Por esto se justifica la práctica del silencio recomendada por Swami Sivananda; pero también hay que detener el verbalismo mental, ya que «hablarse a uno mismo» es casi tan fatigoso, bajo el punto de vista del consumo de corriente nerviosa, como hablar en voz alta. Por eso, no es solamente el silencio exterior puramente mecánico el que nos interesa, sino también el silencio interior.

 

Fuente: «Manual de Iniciacion al Yoga» de Andre Van Lysebeth