Entrevista al maestro budista Lama Rinchen Gyaltsen

Por María Paulina Ortíz

El Lama Rinchen Gyaltsen es hoy la figura más destacada del budismo en habla hispana.
Es un monje nacido en Uruguay, de padres españoles, que creció en Estados Unidos, se formó en la India, el Tíbet y Nepal y recibió de su maestro una misión: transmitir con claridad las enseñanzas del Buda.
Actualmente tiene su residencia en Alicante, España, donde es la cabeza del Centro Budista Sakya. Desde ese monasterio, ha creado una comunidad de miles de personas que siguen sus enseñanzas de manera presencial o virtual.

El budismo conlleva un compromiso de cambio personal muy importante, pero muchos siguen acostumbrados a que “las cosas les caigan del cielo”…

En parte es algo cultural y en parte es nuestro nivel de conciencia. Adoptamos una postura muy pasiva y esperamos una solución milagrosa de afuera, de algún dios, del gobierno, lo que sea. El budismo nos da la responsabilidad a nosotros. Tú eres responsable de tu vida. Si quieres ver un cambio en ella, tienes que crear las causas y condiciones que van a producirlo.

Un elemento fundamental para esto es la meditación que, entre otras cosas, entrena a la persona a estar en el presente. Algo que es todo un reto, invadidos como estamos por la tecnología y las redes sociales…

La tecnología ha avanzado tan rápido que, como sociedad, no hemos aprendido a gestionarla. Se ha creado una economía de la atención en la que todo está diseñado para activarnos emocionalmente. Estamos siendo hackeados, manipulados. Eso nos afecta. Cambia, incluso, la forma como se organiza el cerebro, el mecanismo de compensación que nos hace atender algo, valorarlo, retenerlo. Los algoritmos están definiendo lo que ves, lo que es tu mundo. Es un bucle que se retroalimenta por las emociones más bajas. Hay un lado positivo, por supuesto: cada vez estamos más conectados, se ha democratizado la información. Con el tiempo vamos a poder manejarlo mejor, pero ahora nos ha sorprendido.

También parece que buscamos rodearnos de ruido. El más breve silencio lo llenamos con cualquier cosa. ¿Evitamos de esa manera oírnos a nosotros mismos?

Exactamente. El ejemplo más extremo es el de alguien que está en la cárcel. Cuando se comporta mal lo ponen en aislamiento. Para un yogui entrenado, eso es un premio: va a estar solo, tranquilo. Pero para el preso es la tortura más dura porque le carcome la conciencia, el mal que ha hecho en el pasado, a sí mismo y a los demás. A nosotros nos pasa algo paralelo. No nos gusta estar con nosotros mismos. Los síntomas del vacío existencial –como la sensación de soledad, aburrimiento, agobio, incertidumbre– no los toleramos. Pero detrás de ese umbral hay un estado espiritual muy bello. Hay paz y satisfacción. Lo que aparenta ser soledad es libertad. Sin embargo, desde la perspectiva del egocentrismo, eso crea presión. Y entonces piensas: si estoy solo es porque no valgo, no soy nadie. Enmascaramos ese malestar con ruido, distracciones. Si pueden ser agradables, mejor. Y si no, nos torturamos. Reciclamos algún material del pasado y rumiamos sobre esa tragedia.

¿Es decir que no sólo buscamos ruidos externos sino internos?

Nos abrazamos a cualquier cosa para sacarnos del presente que nos asusta tanto. La meditación es una herramienta muy poderosa para ayudarnos a habitar ese presente y sentirnos cómodos en la realidad de quienes somos. Y una vez que aceptamos esa realidad, podemos irla mejorando paso a paso. Nuestra primera meta es adueñarnos del presente.

Define la ira como una de las emociones negativas más peligrosas. En nuestro entorno suele verse mucho. ¿Cuál es su naturaleza?

La ira tiene el potencial de ser muy dañina. Cuando surge es poderosa y es capaz de hacer un daño irreparable en poco tiempo. La causa de la ira, si somos honestos, es una especie de orgullo. Exigimos algo irracional, algo exagerado, del mundo y de otras personas. Nos sentimos ofendidos cuando alguien se comporta como es. Nos sentimos ofendidos cuando el tráfico es lo que es. Simplemente porque estamos aferrados a nuestra visión de cómo nos deben tratar, cómo nos deben hablar. Cuando las cosas no salen como exigimos, nos frustramos. No reconocemos esa nueva realidad e insistimos ciegamente en que sean como lo demandamos. Esa exigencia es la que causa la ira.

¿Una persona católica tendría que dejar de serlo para acercarse a lo que el budismo ofrece?

No necesariamente. Me gusta la presentación moderna que tiene Su Santidad el Dalai Lama. Él dice: budismo es en realidad tres cosas. Es una ciencia interna, una psicología profunda con todo tipo de técnicas meditativas. Es una filosofía, de mucho interés en estudios académicos. Y es una religión, en el sentido en que hay rituales, con simbología y devoción. Las dos primeras, ciencia y filosofía, pueden ser apreciadas por personas que pertenecen a otras tradiciones que no tienen muchas herramientas contemplativas. Pueden introducir meditaciones sobre amor bondadoso, calma mental o desarrollar la facultad de la atención, y eso no pone en jaque sus creencias.

El Dalai Lama siempre ha estado muy cerca de la ciencia. Y la ciencia, a su vez, se ha acercado al budismo. Neurocientíficos han estudiado el cerebro de monjes budistas y confirmado que, en efecto, la meditación cambia las conexiones cerebrales…

Sí, son estudios recientes. Hasta hace poco no se creía que el cerebro tuviera cierta elasticidad, que pudiera reproducir neuronas. Ahora se descubre que incluso en edades avanzadas se pueden regenerar y crear conexiones entre ellas. En general, los maestros tibetanos están muy interesados en la ciencia porque ven el budismo como una ciencia, como el desarrollo del gran experimento en uno mismo. Eso fue lo que más me interesó en mi primer encuentro con el dharma: que es, por encima de todo, pragmático. Queremos resultados. Queremos mejorar genuinamente de una forma que pueda ser verificada por nuestra experiencia.

Hay corrientes de la psiquiatría que trabajan la compasión budista como terapia. ¿Cuál es la importancia de la compasión?

De toda la gama del altruismo, es el estado más transformador. Es un área de exploración que va a rendir muchos frutos, porque no requiere tantas condiciones. No requiere estudios filosóficos ni un entorno silencioso, solo abrir nuestro corazón a los demás, interesarnos por su bienestar. Si extendemos nuestra empatía a todos los seres en el planeta, vamos a tener valores humanistas. Si empezamos a empatizar con otras especies, es decir, si traspasamos el umbral de nuestra especie humana y valoramos las necesidades de otros seres vivos, vamos hacia un nivel diferente de ética. A través del desarrollo de la gama de altruismo –empatía, bondad, compasión, ecuanimidad y demás–, realmente podemos cambiar el mundo. Y es una vía de desarrollo que no va en contra de creencias, filosofías, sistemas políticos o estilos de vida.

Como usted ha dicho: “Si a todos no les va bien, a mí no me va bien”…

Así es. En su libro Ética para el nuevo milenio, Su Santidad el Dalai Lama argumenta que debemos dejar atrás la moralidad religiosa que se impone desde afuera y desarrollar una ética práctica, que surge de reconocer la interdependencia. Antiguamente vivíamos aislados. Pero hoy todo está conectado. Lo vimos con la pandemia: el virus no necesitaba pasaporte ni visa. La mejor manera de protegernos a nosotros es ayudar a nuestros vecinos.

En general solemos pensar mucho en cuidar el cuerpo, pero muy poco la mente, ¿no le parece?

El desarrollo tecnológico de los últimos años ha cambiado para bien la sociedad. Hay más longevidad, más calidad de vida. Casi todos los parámetros han aumentado. Pero hemos descuidado nuestro mundo interno. Hoy existe todo un movimiento para cuidar el cuerpo, mejorar la dieta, ir al gimnasio. Somos cada vez más conscientes de que el azúcar nos causa daño, pero no nos damos cuenta de que también consumimos información, de que nutrimos la mente con ideas, conceptos, relaciones, y eso define nuestra realidad incluso más que la externa y material. Debemos tener mucho cuidado con qué introducimos en nuestra mente porque todo nos afecta.

Habla de simplificar la vida. ¿En qué consiste?

Si viajáramos en una máquina del tiempo y regresáramos a cien o doscientos años atrás, veríamos de qué manera tan diferente vivían nuestros tatarabuelos. Hoy hemos normalizado algo que es muy radical. Estamos viviendo a una velocidad que antes era impensable, manejamos muchas cosas simultáneamente. Antes, por ejemplo en mi familia, en Galicia, se vivía una vida muy simple, rural. Había una persona que sólo se encargaba durante todo el día de la comida. Otra de buscar el agua. Otra, la leña. Ahora una persona hace muchas cosas al día. Es bueno, por una parte, ser más efectivos, pero sin darnos cuenta llegamos a un punto de saturación en el que hay cantidad y no calidad. No debemos dejarnos contagiar por una moda, por una ola, sino parar y decir: ¿qué es realmente importante para mí? Y buscar más calidad. Menos amigos pero mejores amigos. Menos comida –me atrevo a decir–, pero mejor comida. Menos distracción, pero mejor entretenimiento e información. Se nos vende un modelo de vida asfixiante y pagamos un precio muy caro.

Uno de esos precios puede ser la depresión…

Cada vez hay más depresión, más ansiedad. Tanto suicidio en adolescentes, por ejemplo. Hay muchos factores, por supuesto, pero en parte se debe a que cada vez las expectativas son más altas. Lo que es mínimamente satisfactorio se ha elevado por las nubes. Los jóvenes ven en Instagram las imágenes de los mejores momentos de otra persona, que son artificialmente creados: toman cien fotos para publicar una retocada. Pero ellos lo ven como si fuera lo normal y piensan: esto es lo que me debería pasar a mí, si no, mi vida no es aceptable, no vale la pena, no estoy cumpliendo las más mínimas expectativas. Eso causa mucho daño.

¿De ahí la importancia de la autoestima?

Si no tenemos ese sano valor propio, estamos continuamente compitiendo con los demás. Sentimos envidia por los que vemos delante de nosotros y desprecio por los que van detrás. En el contexto espiritual también hay una pobreza de autoestima. Las personas no creen en su potencial de hacer un cambio significativo en sí mismas. Se rinden, bajan la cabeza, se conforman. Debemos tener una ambición sana de querer mejorar y creer que podemos hacerlo a todo nivel.

¿Eso también sería una expectativa?

Es que la expectativa no es obligatoriamente mala. Necesitamos metas, objetivos. El problema es cuando nos aferramos, cosificamos la meta y decimos: si eso no pasa de tal manera, no voy a ser feliz. Apostamos nuestra felicidad a ese logro, estamos proyectados al futuro esperando que las cosas salgan de una forma. Es verdad que necesitamos tener una relación con el futuro para encaminarnos mejor en el presente, pero tiene que ser una relación sana. Sin apegos, sin aferrarnos.

Vivimos en una sociedad que niega la muerte. Usted propone reflexionar sobre ella y suele citar una frase: “Mi religión es simple: quiero morir sin arrepentimiento”.

Sí, es de Milarepa, uno de los grandes yoguis tibetanos. Lo cierto es que todo el mundo reconoce la muerte. Pero hay una parte de nosotros que se resiste, que trata de enmascarar esa realidad, y la sociedad es cómplice en eso. Si no reconocemos que todo es impermanente, que todo está cambiando y que nuestro cuerpo va a morir, no estamos alineados con la realidad. Eso va a producir un sufrimiento innecesario. El solo hecho de tener eso escondido debajo de la alfombra ya crea miedo y ansiedad. Los yoguis tibetanos recomiendan esta contemplación como una de las más importantes: reflexiona sobre tu muerte, quién eres en esos últimos días, qué valoras, cuáles son tus prioridades. Yo hice esa meditación y me ha ayudado enormemente. Es como escribir el último capítulo de tu vida. Queremos vivir de tal manera que no estemos arrepentidos de dos cosas: de causar daño a otros y traicionar nuestros principios, y de no haber aprovechado la vida. Cuando escribes ese último capítulo, los demás ya no son una amenaza. Ya sabes cuáles son los principios que te van a guiar y cómo quieres acabar. El éxito y el fracaso ya no te definen porque tú ya te has definido.

Acaba de visitar varios países de América Latina y miles de personas se acercaron a oírlo. ¿Cree que está creciendo el interés por el desarrollo espiritual?

Definitivamente se ve un despertar de conciencia que se debe a muchas cosas. Una de ellas es la interdependencia: hoy estamos más conectados. El conocimiento de otras culturas, de otras personas, hace que desarrollemos más apertura. Eso ha explotado con la pandemia. Durante este tiempo los modelos de vida colapsaron en muchas personas y eso las llevó a cuestionarse sus valores, sus principios, sus metas. La incertidumbre causó mucho estrés. Las personas buscaron herramientas terapéuticas y una de ellas es la meditación. Mucha gente nos conoció, conoció el dharma, y algunos pudieron encontrar un valor más profundo en él, no solo un remedio temporal, sino un camino espiritual, una manera de crecer y madurar como persona.

Porque lo que ofrece el budismo es un camino, en efecto, más profundo y permanente…

El dharma está diseñado para disminuir los velos, lograr estabilidad meditativa, descubrir quiénes somos. Ese el gran reto. El Buda está dando una solución a un problema que aún no reconocemos. Nosotros identificamos todo tipo de problemas en nuestra vida, interpersonales, emocionales, pero el Buda habla del vacío existencial, de no saber quiénes somos. Habla del ego que tenemos en ese vacío como método de compensación. Mi labor es un poco difícil porque tengo que conectarme con las personas en donde están, en lo que perciben que es importante para ellas, y desde ahí construir una rampa por la que vamos dando acceso a reconocer el origen del sufrimiento, la raíz de los problemas. No es tanto remediar los síntomas, sino entender las causas fundamentales.

Hay un concepto esencial en el budismo que suele confundirse: el karma. Se ve como una dictadura inmodificable. Ustedes enseñan que, al contrario, se puede cambiar. ¿Cómo explicarlo?

Es una realidad tan delicada, compleja y profunda, que no hemos encontrado una palabra en nuestro vocabulario para definirla. Por eso insistimos con el sánscrito, karma. Y ahora se ha extendido y ya se incluye en los diccionarios. Pero, como dices, no se comprende. En parte porque no se ha introducido bien, y en parte porque nuestra conciencia no puede abarcar esta realidad. Caemos en el extremo de libre albedrío o destino. Hay una mente binaria que solo acepta esas dos realidades. Pero el karma es simplemente la ley que nos gobierna. Quiere decir que lo que tú mueves tiene repercusiones, todo lo que parte de ti –tus acciones, pensamientos, palabras– influyen en tu vida, en el mundo. Es la ley científica de causa y efecto. Lo que hemos hecho en el pasado influye en el presente, pero no nos determina. Hay lugar para maniobrar.

Es decir que se puede cambiar…

Podemos hacer un cambio. ¿Cuánto cambio? Eso depende de nuestro desarrollo. De cuánta libertad hemos conseguido de nuestros patrones, nuestras emociones, nuestros dogmas personales. Técnicamente podemos hacer un cambio radical en nuestra vida. Levantarnos este lunes y redefinirnos. Pero no nos lo permitimos porque el pasado, nuestra historia, pesa. Lo difícil de entender es que karma es causa y efecto al mismo tiempo. Es pasado y presente. Cuando podemos reconciliar destino y libre albedrío, descubrimos el camino del medio. El pasado influye, pero en el presente tú puedes crear tu propio futuro.

 

En la página www.paramita.org se ofrecen las enseñanzas y los cursos del Lama Rinchen Gyaltsen.

Fuente: www.eltiempo.com

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