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Nuestra alma actúa desde su místico aposento;
su influencia insistiendo sobre nuestro corazón y nuestra mente
los impulsa a exceder sus yoes mortales.

Va en pos del Bien y de la Belleza y de Dios;
tras los muros del yo vemos a nuestro yo ilimitado,
a través de nuestros lentes mundanos miramos hacia vastedades vistas a medias,
buscamos la Verdad más allá de las cosas aparentes.

Nuestra Mente interior mora en una luz más amplia,
su claridad nos mira a través de puertas escondidas;
nuestros miembros se tornan luminosos y la faz de la Sabiduría
aparece en el umbral del místico recinto:
cuando ocupa la casa de nuestro sentido exterior,
podemos mirar hacia lo alto y ver, encima, su sol.

Un espléndido yo vital con sus inherentes poderes
mantiene el módico mínimo al que llamamos vida;
él puede injertar en nuestro reptar dos poderosas alas.

El yo sutil de nuestro cuerpo está entronizado en el interior
en su invisible palacio de sueños verídicos
que no son sino sombras brillantes de los pensamientos de Dios.