485b

En los postrados oscuros comienzos de la raza
lo humano se desarrolló en el encorvado hombre simiesco.

Se irguió, forma y fuerza de un dios,
y los pensamientos de un alma miraron hacia fuera desde ojos nacidos en la tierra;
el hombre permaneció erecto, revistió la faz del pensador:
miró al cielo y contempló a sus camaradas las estrellas;
recibió la visión de una belleza y de un nacimiento más grande
emergiendo lentamente de la capilla de luz del corazón
y se movió en un blanco aire radiante de sueños.

Vio las no realizadas vastedades de su ser,
aspiró y albergó al naciente semidiós.

Desde las oscuras reconditeces del yo
el oculto buscador llegó al campo abierto:
escuchó lo lejano y tocó lo intangible,
miró al futuro y a lo invisible;
usaba poderes que los instrumentos de la tierra no pueden usar,
de lo imposible hizo un juego;
recuperaba fragmentos de pensamiento de lo Omnisciente,
sembraba fórmulas de omnipotencia.

Así el hombre en su pequeña casa hecha de polvo de la tierra
crecía hacia un oculto cielo de pensamiento y de sueños
a través de los amplios horizontes interiores de su mente
sobre un pequeño globo salpicadura del infinito.

Para al final ascendiendo por una larga y estrecha escalera
permanecer solo sobre el alto techo de las cosas
y contemplar la luz de un sol espiritual.

Aspirando trasciende su yo terrenal;
permanece en la grandeza de su alma recién nacida,
redimido del cerco de las cosas mortales
y se mueve en un puro libre ámbito espiritual
como en el raro aire de una estratosfera;
último final de remotas líneas de divinidad,
asciende él por un frágil hilo hasta su alto origen;
alcanza la fuente de su inmortalidad,
invoca a la Divinidad dentro de su vida mortal.

 

Pincha aquí para ver toda la obra publicada hasta ahora:   Sri Aurobindo. Una leyenda y un símbolo

© “Savitri de Sri Aurobindo”