Podemos aprender a caminar con el miedo

Por José Luis Azón

El gasto mundial en publicidad en 2019 fue aproximadamente de 700.000 millones de dólares y cada año va en aumento; las empresas tienen muy claro que los anuncios publicitarios “animan” a consumir sus productos y por eso invierten en ellos grandes cantidades de dinero. Y aunque todos sabemos que están tratando de convencernos con mensajes falsos o exagerados, acabamos cayendo en su juego.

Y es que los humanos somos en general muy influenciables. No sólo a los anuncios, también a las ideas, opiniones o conductas que nos llegan de fuera, aunque es cierto que siempre que encajen con nuestra particular mentalidad y forma de ver el mundo. Seguramente, la total dependencia de otras personas, normalmente los padres, para sobrevivir en nuestros primeros años, nos crea irreversiblemente la necesidad de que otros nos marquen pautas de pensamiento y actitud en la vida.

Somos pues muy permeables a lo que nos llega de fuera, pero lo somos más a energías externas de las que apenas podemos protegernos, porque no somos conscientes de cómo penetran en nosotros y nos calan. Aunque es cierto que sólo lo hacen aquéllas que encuentran eco en nuestro interior porque también las llevamos dentro.

De todas las energías que nos rondan, la palma se la lleva el miedo. Está tan presente en nuestras vidas que no hay día en que no lo experimentemos varias veces, seamos o no conscientes de ello. Se muestra de muchas maneras, inquietud, preocupación, incertidumbre, inseguridad, temor, angustia… Nuestra mente ordinaria se forjó a golpe de miedos porque su gran objetivo es y siempre ha sido sobrevivir, le aterra la posibilidad de desaparecer; por algo se dice que el miedo a la vida es en realidad miedo a la muerte.

Llevamos pues el miedo dentro, y cuando la mente percibe en el ambiente un riesgo mayor de lo habitual saltan las alarmas y su intensidad se incrementa de forma considerable, en función de su particular percepción del peligro que dicho riesgo entraña.

Es lo que está ocurriendo en este tiempo a raíz de la pandemia que sufrimos. La primera en la historia de la humanidad que se ha extendido a prácticamente todo el planeta. Esta circunstancia, unida al permanente bombardeo de los medios de comunicación y las inevitables conversaciones cotidianas hablemos con quién hablemos, nos genera una sensación de impotencia ante la que nos sentimos desvalidos y nos hace sentirnos atrapados sin salida posible, aumentando exponencialmente la influencia de un miedo que, en mayor o menor medida, nos está calando a todos.

Tal como lo vivimos, el miedo es una energía densa que nos convierte en seres vulnerables. Y su nivel de contagio es mil veces mayor que este covid que ahora nos ataca o que cualquier otro virus. Nos sentimos desprotegidos ante él, no disponemos de mascarillas o distancias de seguridad que lo logren frenar. Bueno, distancia de seguridad quizá sí, si fuéramos capaces de aislarnos del enorme y constante aluvión de mensajes y comentarios que cada día nos invade; lo que resulta bastante difícil.

El miedo sólo es dañino si nos atrapa.

Consideramos al miedo como algo negativo, algo que nos gustaría evitar, cuando en realidad es un poderoso mecanismo de supervivencia y por tanto desempeña una función muy necesaria en cada uno de nosotros. Jugando a ficción, si nos dieran a elegir entre no tener miedo nunca más o seguir teniéndolo como hasta ahora, cometeríamos un error de graves consecuencias si optáramos por erradicarlo de nuestra vida.

Todos los seres vivos, incluidos los vegetales, conocemos la sensación del miedo. En los años 60 del pasado siglo, Cleve Backster, un agente especializado en interrogatorios, acostumbrado al uso del detector de mentiras, conectó un par de electrodos de polígrafo a una de las hojas de dracena, una planta tropical parecida a la palmera, preguntándose si la planta registraría en el papel del polígrafo algún tipo de respuesta. Se le ocurrió prender fuego a esa hoja, y la sorpresa fue que el simple pensamiento provocó una reacción de la hoja haciendo enloquecer y saltar la pluma del bolígrafo fuera del gráfico, según su propia descripción.

El miedo es una emoción; y como pasa con otras emociones, no es causa sino efecto de una percepción concreta de la mente, más o menos ajustada a la realidad, de algún tipo de riesgo para nosotros. Es un indicador, una especie de señal de alarma que nos avisa de un desajuste en nuestro particular sistema de seguridad personal, de la misma forma que nos avisa la luz del cuadro de mandos del coche cuando falta gasolina o sube la temperatura.

El problema no es pues el miedo en sí, sino el uso inadecuado y desproporcionado que de él hacemos. Como nos asusta nos autolimita, nos genera ansiedad, y tendemos a rechazarlo. Pero la solución no consiste en erradicarlo ni en reprimirlo sino en aprender a manejarlo convenientemente o, dicho de otra forma, en aprender a manejarnos con él.

En cualquier animal, la sensación de miedo provoca una inmediata activación de mecanismos internos que le son indispensables para acometer una de las dos posibles opciones que tiene ante el inmediato peligro: afrontamiento o huida. Es pues un miedo útil, que aprovecha convenientemente porque le surge ante un peligro real o percibido, y del que se desprende sin problema una vez ha pasado la situación de riesgo.

Pero los seres humanos tenemos una mente pensante que nos lleva en muchas ocasiones a valorar desproporcionadamente las situaciones de riesgo y que además mantiene activo el miedo antes, durante y después de vivir esas situaciones. Si por ejemplo tengo que verme con alguien dentro de una semana y ese encuentro me preocupa, lo más seguro es que no haya una relación directa entre la intensidad de mi preocupación y la realidad de ese encuentro; pero además, estaré toda la semana previa generando ese temor dentro de mí, lo experimentaré in situ y permanecerá tiempo después alimentado por la valoración negativa que pueda hacer del encuentro. Y éste no sólo es un miedo inútil, sino también nocivo, que al coincidir con otros muchos relacionados con otras vivencias cotidianas, se convierte en crónico. Y cuando comenzamos a sufrir sus síntomas, que no son sino sus efectos, a este miedo inútil le llamamos ansiedad.

Podemos liberarnos de los efectos dañinos del miedo.

El miedo nos limita, nos bloquea, es un freno a la vida. Distorsiona nuestros pensamientos, nos convierte en seres desconfiados y nos hace sufrir.

Nuestra reacción instintiva es huir de él, proyectarlo o camuflarlo; pero esa no es la solución, porque con ello no evitamos sus efectos dañinos, además de engañarnos a nosotros mismos. En cambio, si logramos aceptar su existencia, aprender a convivir con él comprendiendo su sentido, no sólo provocará una inmediata disminución de su intensidad sino que poco a poco lograremos minimizar sus efectos paralizadores.

Buda dijo: “Siempre que eres consciente estás meditando”. La observación ecuánime o atención plena, a la que la tradición Vedanta Advaita definió como “contemplación mística”, es el camino hacia el auto-conocimiento, hacia la comprensión profunda del engaño en el que vivimos al identificarnos con una mente egoica que desvirtúa nuestro verdadero sentido de la vida y nos atrapa en una densa energía de temor y sufrimiento.

Esa mirada interna que surge de las entrañas del ser que somos, es el primer paso para desactivar las memorias del pasado que han ido forjando el yo ilusorio que creemos ser. Una mirada que trasciende las fronteras del ego y por ello es capaz de poder observar sin caer en sus redes.

No puedes ver el mar si estás sumergido en él, sólo puedes hacerlo si sales fuera. No puedes librarte del miedo que te atrapa si sigues identificándote con él. Por eso, el primer paso hacia la liberación es su observación desapegada, que te lleva a comprender que el miedo que experimentas no es intrínseco a ti, no forma parte de tu verdadera naturaleza.

La observación desde la conciencia testigo conlleva la aceptación compasiva de todo lo que el miedo te activa, pensamientos, reacciones emocionales, sensaciones corporales, somatizaciones, conductas. Porque si te surge el menor atisbo de lucha, rechazo, huida o proyección, incluso de expectativa alguna, ya no estás en la conciencia testigo sino en la mente egoica que no puede soportar que la obvies.

Mirada consciente y aceptación compasiva son los pasos del camino de liberación. No hay otro. Un camino que va mucho más allá del afrontamiento de lo que nos limita, condiciona y nos hace sufrir, porque seguir recorriéndolo disipa la niebla de lo que no somos, por mucho que nos identifiquemos con ello, y nos hace reencontrarnos con lo que siempre había estado ahí, el Ser que realmente somos, nuestra naturaleza auténtica.