Según datos oficiales, más de un 60% de matrimonios han acabado divorciándose en España en los últimos diez años; lo que estadísticamente supone que aproximadamente 3 de cada 5 terminan rotos. No están incluidas las parejas de hecho, aunque lo más probable es que en ellas el porcentaje sea mayor, al tener menos compromisos e intereses compartidos.

Y sobre los matrimonios y parejas de hecho que perviven, las evidencias muestran que muchas de ellas no llegan a los mínimos requeridos y más que de convivencia podría decirse que su relación es de coexistencia, muchas veces no pacífica, con escasos intereses comunes, hijos y asuntos materiales, y en vez de envueltos en un halo amoroso viven en un permanente derroche de conflictos, reproches, rencores, rechazos, etc.

Si no fuera porque en el devenir de los siglos la relación de pareja ha estado y está muy arraigada, pondríamos muy en tela de juicio su utilidad, de igual forma que nos plantearíamos seriamente adquirir algo muy valioso y que quisiéramos duradero, si supiéramos que en un alto porcentaje iba a acabar estropeándose.

Así que es inevitable preguntarse por qué una relación que se teje con grandes dosis de ilusión y esperanza y un apasionante proyecto de vida compartida, acaba deteriorándose de esta forma.

Una explicación podría estar en la gran transformación de la sociedad en los últimos tiempos, que ha socavado los cimientos de un vínculo que creíamos firme. La mujer ha evolucionado desde un sometimiento al hombre y una dedicación casi exclusiva al hogar familiar, a una justa y necesaria reivindicación de mayor protagonismo social, equidad de géneros y un rol mucho más activo en el mundo laboral, en esferas de poder y en las tomas de decisiones que afectan al conjunto de la población; y como es lógico, no acepta conformarse con el papel tradicional que históricamente ha tenido.

Falta mucho camino por recorrer, vivimos aún en plena transición y los nuevos roles de ambos integrantes de la pareja no están plenamente perfilados ni asumidos. Aunque sí lo han estado históricamente y sin embargo rechazamos mayoritariamente el tipo de relación que ha imperado hasta hace unos años, en los que valores que hoy consideramos imprescindibles en una pareja han brillado por su ausencia.

Por tanto, ni antes ni ahora la unión de dos personas ha cumplido ni cumple en un alto porcentaje las expectativas mínimas que hoy día exigimos necesarias para garantizar la calidad de la relación de pareja a lo largo de su vida en común.

Así que, más que en los cambios experimentados en el devenir histórico de la relación, procede centrarse en otros aspectos más intrínsecos a la misma y en cómo la abordan cada uno de sus miembros.

Enamoramiento vs. Amor

El amor es un sentimiento que ha sido y es objeto de constante manipulación, incluso más que ningún otro. En su nombre se intentan validar chantajes emocionales, intromisiones en la intimidad y autonomía del otro, déficits afectivos, conflictos, proyecciones… Todos necesitamos amar y ser amados, incluso podríamos decir que en esencia somos amor, pero el anhelo acaba tornándose problema cuando la mente egoica lo utiliza para tratar de satisfacer sus objetivos, desfigurando una energía inherente al ser que somos.

Dicho esto, la primera realidad a constatar es que el enamoramiento es algo habitual, mientras que el verdadero amor es un bien escaso. Muchas personas se enamoran, pero muy pocas son capaces de transitar adecuadamente de una energía a otra.

Porque el enamoramiento en sí no es amor, se sustenta sobre todo en juegos de aventura, atracción sexual, novedad, egocentrismo, halagos mutuos, cierta idealización, necesidades y carencias del ego. El verdadero amor, sin embargo, conlleva comprensión, confianza, apertura sincera a los sentimientos compartidos, abandono al otro. Sólo es capaz de experimentarlo así quien desde ese amor correspondido y el manejo adecuado de su mundo emocional vive la entrega incondicional, sólo posible si los automatismos y las memorias del pasado no interfieren de forma decisiva.

El amor es un sentimiento puro del que el ego tiende a apropiarse, convirtiéndolo en amor-dependencia o amor-necesidad, que no son amor en su sentido auténtico. Y el problema es que la mayoría de relaciones están construidas sobre carencias, compensaciones, huida de la soledad, hábito social, etc. Así que mientras estamos ahí, buscando alivio, consuelo o cobijo en otra persona, no estamos viviendo el verdadero amor.

Nos han hecho creer que si encontramos a alguien que nos acoja y nos quiera solucionaremos o al menos mitigaremos los estados de infelicidad, inseguridad, insatisfacción, sufrimiento, etc. que nos afligen, cuando es justamente al revés, ya que antes deberíamos hacer un trabajo de alquimia sanadora con las densas fuerzas que nos condicionan y limitan, de forma que al transmutarlas podamos abrirnos a una energía más natural y liberada de cargas, que será un potencial de atracción hacia otras personas con energías similares y posibilitará recrear un contexto de relación más amorosa, rica y satisfactoria.

Escribió Erich Fromm en su ensayo “El arte de amar”, que no es posible amar a otra persona más de lo que uno es capaz de amarse a sí mismo. Sólo un trabajo interior de liberación de los condicionantes internos que marcan nuestra vida, posibilita que se abran las puertas del amor, primero hacia uno mismo (condición necesaria para amar fuera) y luego hacia los demás.

 

La relación de pareja, un camino complejo.

En la mayoría de parejas que acaban formándose como tales, todo suele comenzar con una fase de atracción-enamoramiento, con fuerte carga de pasión y un importante componente de compromiso personal que anima a los dos integrantes a compartir sus vidas. Además de las ilusiones, proyectos en común, sexo maravilloso, esta unión ayuda también a enjugar carencias afectivas, de soledad, de necesidad de apoyo, refuerzo de autoestima, etc.

Con el paso del tiempo va cediendo la pasión, los proyectos en común y las ilusiones compartidas tienden a acomodarse a la realidad, el sexo no tiene el mismo atractivo, la rutina cotidiana erosiona el vínculo, la comprensión mutua se resiente y la necesidad de estar juntos acaba perdiendo intensidad.

Mientras, ambos suelen tener a nivel individual una vida propia, antes relegada, en la que el otro no está y es lógico que así sea. Y eso sí, con un pacto más o menos tácito de respetar las reglas de juego, que pasan siempre por una autocensura más o menos rígida, en función de la mentalidad y miedos de cada uno. A partir de ahí es vital el modo en que se afronta la puesta en común de esas vivencias individuales y el manejo de los espacios a compartir.

Tras un tiempo prolongado de convivencia y siempre que las cosas discurran con cierta fluidez, lo que es poco frecuente, el sólido vínculo y el amor eterno que ambos se juraron suele ir dando paso a una fase de cierto cariño y complicidad, que tiende a equilibrarse con el estado de necesidad y conveniencia. Y es que ya desde el primer momento se produce en la pareja un intercambio de intereses mutuos que ahora pasa a ser más notorio; yo te doy algo que necesitas y a cambio tú me das algo que necesito.

Calidad y calidez de la relación

Aunque la rutina, el roce de la convivencia, los choques de egos y los conflictos de intereses acaban minando y en muchos casos rompiendo el proyecto de vida en común, lo escrito hasta ahora no pretende ofrecer una visión negativa de la relación de pareja, por mucho que la realidad sea la que es.

Más bien al contrario, puede llegar a ser una aventura apasionante si ambos centran su energía en recorrer juntos un camino que pasa por la comprensión, la complicidad, la confianza mutua y el respeto a la individualidad del otro, abriéndose de manera sincera a abordar y despejar constructivamente dudas, temores y discrepancias. Y todo ello perfumado y sostenido por un amor-cariño que mantenga unidos a los dos en un plano superior, cálido y nutritivo. Reconocerse en él ayuda mucho a aceptar e integrar tanto los espacios compartidos como los individuales y a ser capaces de afrontarlos manejando convenientemente el temor, los bloqueos, los roles, las crisis…

El microcosmos que es la pareja conlleva un juego peculiar de relaciones, algunas pactadas explícitamente y otras muchas soterradas, que suelen caracterizarse por muchas cosas menos por ser auténticas. Así que el diálogo frecuente, en el contexto y con la actitud adecuados, es la mejor manera de redireccionar las pautas de relación y a la vez recrear una complicidad necesaria para trabajar los condicionantes profundos, más fácil cuando el otro/a pasa de ser el espejo en el que proyecto a ser mi maestro/a.

Cuando una pareja fluye, un problema acaba siendo una tontería; cuando no fluye, una tontería acaba siendo un problema. La fluidez, la capacidad de comunicación sincera entre los dos es esencial para mantener viva la llama, siendo muy positivo, incluso conveniente, que ambos miembros coincidan en mentalidad, escala de valores, forma de ver la vida, etc., aunque por supuesto es normal que simultáneamente tengan diferencias notables, puesto que la otra persona suele ser para nosotros a la vez parte de nuestro yo y de nuestra sombra.

Pero incluso si la coincidencia no llega a ser tanta, puede también ser posible una relación positiva si ambos han apostado por la complicidad y la comunicación abierta y sincera.

No importa que uno/a de los dos sea más hablador y extravertido y al otro/a le cueste expresar y sea introvertido, porque ambas cualidades, complicidad y comunicación, son mucho más amplias y profundas. Pero es necesario que exista un pacto explícito entre ambos y una permanente atención e intención para mantener su vigencia en el tiempo.

Cuando surgen dificultades, sean del tipo que sean, lo importante es el contexto en el que busca enmarcarse su pretendida solución o superación. No es lo mismo afrontarlas desde los niños internos que juegan al reproche, al y tú más, etc., que hacerlo desde los adultos que utilizan su conocimiento, su intención positiva, sus recursos, para abordar constructivamente los posibles conflictos o discrepancias.

No se valoran igual las cosas desde el resentimiento que desde la comprensión, desde el rechazo y la rabia que desde la energía del corazón. Porque si la relación se instala en las medias palabras, la incomprensión, la desconfianza, los malentendidos, la crítica, la permanente tensión, está abocada a la degradación y al sufrimiento.

Pero si se apoya en el amor, en la comprensión de dónde está el otro/a, en la empatía reconocedora del mundo emocional de cada uno, de sus conflictos personales, de sus condicionantes, aunque resulte doloroso o incómodo, puede ser posible recrear una cierta inmunidad o cuando menos mitigar los vaivenes desestabilizadores del día a día.

No es fácil, pero es el único camino para seguir caminando de la mano y mantener viva la llama.

Le preguntaron una vez a Jung si su objetivo en la vida era llegar a ser un hombre bueno. Respondió que para nada pretendía serlo, sino que todo su trabajo interior estaba orientado a realizarse como ser completo. Traducido a la pareja, vivirla en su plenitud pasa por un concienzudo trabajo conjunto de aceptación e integración de todas las energías, sean las que sean, desde una actitud de comprensión y entrega.

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