Sabiduría nutritiva

por Marc David.
Director del Institute for the Psychology of Eating.

Al dejar de rotular los alimentos como «buenos» o «malos» y simplemente observar sus efectos en nosotros, podemos elaborar una dieta adecuada a nuestras necesidades particulares.

Muchos sistemas dietéticos diferentes declaran ser el mejor. Una biblioteca bien provista puede tener como 30 títulos distintos sobre salud y nutrición, cada uno escrito por un doctor en medicina, investigador científico o experto nutricionista. Lo más intrigante es que cada uno esgrime una sólida evidencia científica para probar la superioridad de sus regímenes. Por ejemplo, los entusiastas de alimentos crudos promocionan vegetales y frutas sin cocinar y granos germinados como forma primordial de comer y aportan casos documentados de estudio, en los cuales pacientes con cantidad de enfermedades debilitantes o amenazadoras se curaron milagrosamente bajo la supervisión de respetados médicos. Citan investigaciones de laboratorio que convalidan lo demostrado clínicamente: que la dieta de alimentos crudos funciona de veras.

Los practicantes de la macrobiótica tradicional discuten cada punto en que se basa la dieta de alimentos crudos, insisten en que su versión de comidas cocidas y preparadas en forma especial funciona mejor y que sólo el 5% de alimentos crudos es bien tolerado dentro de una dieta. Por supuesto, presentan una batería de casos bien documentados que convalidan el poder curativo de la macrobiótica, junto con la teoría científica necesaria, bastante distinta de la presentada por los defensores de los alimentos crudos.

Por si esto no era suficientemente confuso para la mente racional científica, consideramos el ejemplo de otros partidarios de una dieta elevada en proteínas centrada en la carne, y la utilizan con éxito como intervención terapéutica para ciertos pacientes con cáncer. No sólo va en contra de todo sistema alternativo de nutrición: también contradice los descubrimientos científicos que, de manera corriente alertan sobre los peligros que implica el consumir cantidades excesivas de alimentos animales.

Durante años tuve contacto clínico con pacientes sometidos a alguna de estas dietas o a otras, y en cada caso observé claros éxitos. ¿Cuál es el sentido de todo esto? ¿Cómo puede ser que un conjunto de resultados médicos pruebe que la macrobiótica funciona, otro que la dieta de alimentos crudos es recomendable, y una documentación todavía más científica pruebe el poder curativo de las carnes magras? ¿Miente la gente? ¿Existe un modo de encontrar sentido al éxito de todos estos enfoques nutricionales diferentes?.

Si estas cuestiones ya fueron planeadas antes, permítame ahorrarle más de 30 años de trabajo resumiéndolo de este modo: no hay una única dieta perfecta sino varias. Sistemas dietéticos distintos son eficaces bajo circunstancias diferentes para personas diferentes.

Diseminados por la Tierra se encuentran pueblos de razas, culturas, tipos, físico y creencias muy diversas. Viven junto a la montaña, océano o río; en desiertos, tundras, en los trópicos, bosques y llanuras. Algunos sólo tienen pescado y una limitada variedad de plantas para comer; otros, un surtido de frutos y verduras tropicales; unos disponen sólo de leche de yak, carne y algo de cereales, mientras otros cuentan con suficientes recursos de tierras fértiles donde obtenerr cosechas, hacer pastar animales y producir, masivamente, todo producto imaginable.

¿Es sensato que una persona le enseñe a otra la «verdadera» forma de comer? ¿Puede un hombre de tribu africana, cuya comida básica es la raíz de mandioca decir a un esquimal que está equivocado, porque sólo come pescado? ¿Un japonés puede mostrar a los mejicanos lo absurdo de comer todos los días maíz, pimientos picantes y alimentos fritos en tocino, todo absolutamente desconocido en Japón?.

El estudio más sumario de la evolución revela que no hay uno, sino un gran espectro de sistemas nutricionales adecuados para el consumo humano. Este espectro de nutrición está mediatizado por la herencia genética, la impar característica biológica de las diferentes razas, geografía, clima, el ambiente en que se desarrollan los alimentos, creencias culturales, la forma propia en que varios grupos étnicos en todo el planeta ven el universo. Todas esas variables son elementos que componen el código nutricional de ética para un pueblo dado.

Muchos expertos en dietas no se dan cuenta del amplio alcance de la nutrición, o simplemente rechazan la legitimidad de otros regímenes. Ven las cosas sólo desde la perspectiva de su propio y limitado punto de vista. Son como quienes tuvieron experiencias religiosas que modificaron su vida y concluyen que, como encontraron significado espiritual a través de una religión en particular, todos debieran adoptarla. La de ellos es la única senda de salvación y no seguirla significa la condena espiritual.

Buen alimento, mal alimento

Consciente o inconsciente, muchos de nosotros tenemos una lista de alimentos buenos y alimentos malos. Son buenos los que creemos saludables y, de alguna manera, nos hace bien el comerlos. Son malos los que creemos dañan el cuerpo y nos ocasionan males al ingerirlos. Pero no existe algo como buen o mal alimento. No digo que las distintas comidas no tengan efectos positivos o negativos sobre la salud. Sino que no hay alimentos moralmente buenos o moralmente corruptos. Por ejemplo: cuando la gente dice que el azúcar es mala, a menudo existe un juicio oculto de que el azúcar, en sí misma, es el mal: pero sólo en determinados excesos puede tener afectos negativos sobre la salud. El alimento no es ni el bien ni el mal. Es neutral.

Este es un punto sutil, pero el más importante, porque cada vez que rotulemos un alimento como malo, inmediatamente comenzamos a temerle, a pensar en él, pelear, en ocasiones anhelarlo y, en muchos casos, calificar de mala persona a quien lo ingiere. Por ejemplo, si decimos que el chocolate es malo, establecemos la dinámica interna de tener que evitarlo y protegernos contra él. Cuanto más lo consideremos prohibido más lo desearemos. Por lo menos la mitad de nuestro deseo se debe al temor al chocolate. Si dejamos de lado el temor y nuestra creencia de que el chocolate representa al mal, el deseo será significativamente reducido y en algunos casos eliminado. Como vemos algunos alimentos como malos, consideramos malo nuestro deseo por ellos y nos vemos malos por anhelarlos, nos castigamos con la culpa o nos privamos de lo ansiado durante meses.

Moralizar afecta al organismo

Las implicaciones de ver la comida como moralmente buena o mala van mucho más lejos, porque cuando categorizamos de tal modo, instantáneamente suprimimos el flujo natural de información biológica. Terminamos con todos los ricos y complejos mensajes conque de otro modo el cuerpo nos retroalimentaría en relación a lo que comemos. Permítame explicarlo un tanto indirectamente. Digamos, por ejemplo, que alguien conocido entra a una habitación y yo le digo a Ud: «Evítelo, es una mala persona». Lo más probable es que me crea. Nunca llegará a conocerla, comprenderla o profundizar con ella, simplemente por ese juicio inicial. Tal vez se trate de un santo o un potencial buen amigo, pero rotularlo malo detuvo su exploración. Lo mismo ocurre con la comida.

Si en nuestra mente resolvemos que el chocolate es malo, no lo experimentamos de verdad en nuestro organismo. Sacamos una conclusión mental sin los necesarios ingredientes fisiológicos. ¿De qué modo el chocolate afecta mi nivel de energía? ¿Estropea los dientes?, ¿Da dolor de cabeza?, ¿Me salen granitos al día siguiente? , ¿Al rato me siento mal?, ¿Algunas marcas son mejores que otras?, ¿Existe diferencia en cómo me siento al caminar por la mañana si la noche anterior comí chocolate?, ¿Un poco me hace bien pero demasiado trae efectos indeseables?, ¿Algunos días me sienta bien pero no siempre?…

Prestar atención a la retroalimentación del organismo y estar atentos a lo que comemos, hace que establezcamos conexiones y saquemos conclusiones entre lo ingerido y cómo nos sentimos. Descubrimos información pertinente sobre las necesidades nutritivas, que ningún libro puede darnos. Tal vez aprendamos que algunos alimentos desencadenan efectos deseables en el organismo y otros no. Si una comida causa una mala reacción, basta con no elegirla. No necesitamos rotular como mala ni pecaminosa a aquella persona que la coma. Un alimento bueno para alguien puede no serlo para otro. La comida que me sienta bien un día, puede no hacerlo en otro momento.

Hasta podríamos permitirnos saborear de vez en cuando un alimento que tiene efectos desagradables para nuestra salud. No pasa nada por comer algo que sabemos no es lo mejor, en la medida que lo hagamos conscientemente.

Comer con todo el cuerpo

Comer con todo el cuerpo consiste simplemente en alimentarse con conciencia, y puede hacerse cada día con mínimo esfuerzo y máximo resultado. Es un proceso gradual que incluye cinco de los hábitos básicos y más poderosos que pueden practicarse. Es posible hacerlo bajo cualquier tipo de dieta o ante cualquier clase de problema que se tenga con la alimentación. Comer con todo el cuerpo es efectivo porque ayuda a sortear las trampas mentales y nos lleva de regreso a una de las más importantes fuentes de transformación: el cuerpo.

El organismo es fuente vital de información nutricional por una simple razón: no miente. Brinda información precisa. Si nuestro cuerpo tiene un brazo roto sentimos dolor, si está en la cima del placer sentimos éxtasis. Cuando está exhausto por el ejercicio sentimos cansancio, si tiene hambre nos pide comer. Cuando está saciado no nos dirá que no comamos, pero lo hará la mente. El cuerpo informa de todas esas sensaciones, pero la mente responde a través de sus hábitos y condicionamientos.

En vez de esperar a una crisis de salud, invitémonos a prestar atención a nuestro organismo, cultivemos la sabiduría del cuerpo ahora y aprendamos a trabajar con los cambios que ocurren día a día. Permitámonos practicar estos cinco ejercicios, al menos durante una semana, y nuestra relación con el alimento se transformará. Notaremos que estos cambios se reflejan en todo lo que hacemos.

Primer paso: Que comer sea una decisión consciente.

Antes de poner algo en la boca, preguntémonos: ¿Tengo hambre? ¿Este alimento dará satisfacción al hambre? ¿Qué cosa me nutriría realmente en este momento? ¿Elijo comer? Una vez planteadas estas preguntas tomemos la decisión. Y recordemos: sea cual fuere la opción, aceptémosla por completo. Si optamos por comer, hagámoslo sin resistencia ni castigo.

Segundo: Preguntar a nuestro cuerpo qué desea.

Antes de tomar cualquier alimento sentémonos, cerremos los ojos, respiremos profundamente y vaciémonos de expectativas. Con una mente tranquila y relajada, preguntemos a nuestro cuerpo qué quisiera comer, solicitándole que sea concreto. Permitamos conectarnos con la sabiduría instintiva del organismo, la parte nuestra que sabe intuitivamente qué resultaría más nutritivo.

Nos sorprenderemos ante las respuestas, o tal vez sintamos que simplemente son correctas. Si queda alguna duda en mente, tan sólo dejémosla estar. Confiemos en que mediante la experimentación entramos en un proceso de aprendizaje, en el que cometeremos algunos errores y tendremos algunos éxitos.

Tercero: Comer con conciencia.

Encontremos un momento en que no estemos apurados y podamos dejar de lado las obligaciones. Permanezcamos solos. Cocinemos nosotros mismos una comida que nos dé placer comer. Luego llevemos el alimento a un lugar cómodo donde nada nos distraiga. Sentémonos con la espalda recta. Permitamos que los ojos se cierren. Respiremos profundamente, dos o tres veces. Cuando nos hayamos relajado, abrámoslos y miremos los alimentos. Reconozcamos nuestro deseo de comerlos. Olamos, maravillémonos con ellos, y seguidamente comamos.

Conviene tomar nota de todas las sensaciones en nuestro cuerpo. Percibir la comida en la boca y la lengua. Escuchar el sonido de la masticación. Seguir el camino de los alimentos mientras se deslizan por la garganta. ¿En qué momento desaparecen de mi conciencia? ¿Soy capaz de sentir, momento a momento, los cambios desde la excitación hasta la relajación y anticipación, mientras ingiero las comidas? ¿Como lenta y deliberadamente? También conviene no hacer nada durante siete minutos, excepto sumergirnos en la relación entre nosotros y los alimentos. Es probable que surjan algunos problemas y emociones mientras comemos (miedo, excitación, deseos, confusión, aburrimiento). En cuanto los percibamos, dejémoslos pasar. Regresemos a la comida. Entreguémonos por completo a la experiencia de alimentarnos.

Cuarto: Prestar atención a la retroalimentación.

Sentémonos tranquilamente después de haber comido. Realicemos diez minutos de respiración lenta y profunda. ¿Presté atención mientras comía? ¿El alimento me satisfizo? ¿Comí demasiado? ¿Lo haría en forma distinta la próxima vez? ¿Más lentamente, más rápidamente? ¿Comería más alimentos? ¿Menos? ¿Otros? ¿Comí demasiado? ¿Me siento pesado? ¿Tengo hambre todavía? ¿Qué faltaría para completar mi comida?

Se sugiere experimentar la sensación de tener alimentos en el cuerpo. ¿Soy capaz de percibir los efectos de la comida en algún sitio en particular: estómago, intestinos, garganta, ojos, senos, lengua, dientes? Puede que tengamos un sentimiento cálido y de satisfacción. O podemos sentirnos ansiosos o cansados.

Registremos toda información que nos llegue y tomemos nota. Si no estamos contentos con lo que sentimos o el modo en que comimos, tratemos de no castigarnos. Relajémonos. Usemos la experiencia como maestra, como método para mejorar las cosas la próxima vez.

Quinto: Soltar la comida.

Conscientemente, practiquemos soltar el tema de la alimentación. Preguntémonos: ¿qué viene ahora? Y comencemos una nueva actividad. Cuanto más dedicados estemos a una nueva acción, menos vagará nuestra mente hacia la comida. Si tenemos tiempo libre y falta de actividades estructuradas después de haber comido, preguntémonos: ¿qué cosa me atraparía por completo en este momento?, ¿qué puedo hacer que sea útil y divertido? Una vez percibido el feedback proveniente de los alimentos, celebremos, escuchemos música, charlemos con amigos, miremos por la ventana, leamos un libro, o simplemente respiremos.

En un nivel más profundo, esto no sólo representa reconocimiento del cambio sino, de alguna manera, el acto de asimilación. Los nutrientes se absorben a nivel celular y el intercambio continúa a nivel social. ¿Notó alguna vez que después de comer, la gente se vuelve reflexiva? ¿Cómo un bebé lloroso se torna feliz? ¿Cómo las parejas se abren el uno al otro? y ¿cómo los parientes, durante una cena en las vacaciones, se vuelven menos odiosos? Después de comer, uno ya no es el mismo.

Fuente: http://www.concienciasinfronteras.com/