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Por un momento permaneció silenciosa como escuchando aún su voz,
reticente a romper el encanto, luego lentamente habló.

Ensimismada contestó, “Soy Savitri,
princesa de Madra. ¿Quién eres tú? ¿Qué nombre
musical de la tierra te expresa ante los hombres?
¿Qué tronco de Reyes regado por afortunadas corrientes
ha florecido por fin sobre una feliz rama?
¿Por qué moras en el bosque sin sendas
lejos de las hazañas que tu gloriosa juventud demanda,
rodeado de anacoretas y de las progenies salvajes de la tierra,
en donde a solas con tu yo testigo paseas
en la verde inhumana soledad de la Naturaleza
rodeado por enormes silencios
y por el ciego murmullo de primigenias calmas?”

Y Satyavan contestó a Savitri:
“En los días en los que todavía sus ojos miraban claro a la vida,
quien fuera el rey Dyumatsena, el Shalwa, reinaba
en toda la amplitud que desde detrás de esas cimas
[que pasan sus días de esmeralda deleite
en confiada conversación con los vientos viajeros]
se extiende, mirando vuelta hacia los cielos del Sur,
y tiende su flanco sobre las meditativas colinas.

Mas el Hado ecuánime retiró su protectora mano.

Una noche en vida cercó las duras sendas del hombre
los brillantes dioses del cielo reclamaron sus descuidados dones,
tomaron de vacíos ojos su alegre y amigable rayo
y apartaron a la incierta divinidad de su lado.

Desterrado del imperio de la luz exterior,
perdida la camaradería de los hombres que ven,
permanece en dos soledades, la interior
y la del solemne susurro de los bosques.

 

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© “Savitri de Sri Aurobindo”