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En un amplio momento de dos almas que se encuentran
sintió ella su ser fluir dentro de él como en olas
se derrama un río dentro de un poderoso mar.

Como cuando un alma se está fundiendo en el seno de Dios
para por siempre vivir en Él conoce Su alegría,
su conciencia se volvió consciente de él solo
y todo su separado ser se perdió en el de él.

Cual cielo estrellado que rodea la feliz tierra,
la encerró él dentro de sí en un círculo de felicidad
y encerró el mundo dentro de él mismo y de ella.

Un aislamiento ilimitado hizo de ellos uno;
consciente de ella envolviéndole
la dejó penetrar hasta su mismísima alma
como si un mundo fuera colmado por el espíritu del mundo,
como lo mortal despierta dentro de la Eternidad,
como lo finito se abre a lo Infinito.

Así se perdieron el uno en el otro por un momento,
luego retirándose de su prolongado trance de éxtasis
devinieron un nuevo ser y un nuevo mundo.

Cada uno era ahora una parte de la unidad del otro,
el mundo no era sino el escenario del encuentro de dos
o la estructura más amplia de su propio ser maridado.

En el alto brillo de la cúpula del día
el Hado hizo un nudo con los hilos del halo de la mañana
mientras por ministerio de una hora auspiciosa
corazones uncidos ante el sol, sus nupcias de fuego,
el matrimonio del Señor eterno y su Esposa
tuvo lugar una vez más sobre la tierra en formas humanas:
en un nuevo acto del drama del mundo
los Dos unidos iniciaron una edad más grande.

En el silencio y murmullo de este mundo esmeralda
y el siseo de sagrado verso del viento sacerdotal,
entre el susurro coral de las hojas
los gemelos de amor se habían juntado y eran uno.

El natural milagro se obraba una vez más:
en el inmutable mundo ideal
un momento humano devenía eterno.

 

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© “Savitri de Sri Aurobindo”