LIBRO VI: EL LIBRO DEL DESTINO

CANTO I: LA PALABRA DEL DESTINO

 

Desde el eremitorio donde conoció a Satyavan, Savitri regresa al palacio de sus padres en el momento en que el rey Aswapati, su reina y cortesanos se encuentran reunidos, acompañados de Narad, el sabio y vidente, compañero de los hombres y de los dioses. Savitri se detiene ante el trono de su padre y de inmediato observa con mirada reverente a Narad que es descrito como rosa de maravilla, hijo del Cielo.

Narad también ha fijado su mirada en Savitri y ha observado en ella algo inquietante, por lo que la interroga de forma brusca, airada y, a través de sus preguntas, va dejando entrever, de forma velada, que hay algo que no marcha bien.

 

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Una feliz maravilla en su insondable mirada,
[Savitri]llegaba transformada por el halo del amor;
sus ojos enriquecidos con brillante chispear de alegría
como quien llega de una embajada celestial
cumplimentando la espléndida misión de su corazón,
portadora de la sanción de los dioses
a su amor de luminosa eternidad,
se detuvo ante el trono de su poderoso padre
y, exaltada por la belleza de la descubierta tierra
transformada y nueva en el milagro de luz de su corazón,
advirtió, reverente, cual rosa de maravilla
la dulzura matizada-por-el-fuego del hijo del Cielo.

Él [Narad] lanzó sobre ella su vasta mirada inmortal;
su visión interior la rodeó con su luz
y reteniendo el conocimiento en sus labios inmortales
le gritó, “¿Quién es ésta que llega, la novia,
la nacida llama, alrededor de cuya luminosa cabeza
sus virginales pompas derramando sus luces
se agitan destellando en torno suyo? ¿De qué verde destello de claros
apartados en silencios húmedos por el rocío
o a medias vislumbrada orilla de aguas puestas al descubierto por la luna
traes tú esta gloria de fascinados ojos?

¿Qué pies de dioses, qué embelesantes flautas celestiales
te han envuelto con sus melodías, cercanas y lejanas
aproximándose a través del suave y placentero aire,
que todavía sorprendida escuchas? Ellos han alimentado
tu silencio con algún extraño fruto rojo de éxtasis
y has hollado de la luna remotos picos de felicidad.

¡Oh tú que has venido a este mundo grande y peligroso
visto ahora sólo a través del esplendor de tus sueños,
en donde apenas a salvo pueden vivir el amor y la belleza,
tú misma un ser peligrosamente grande,
alma solitaria en una dorada casa de pensamiento
en cuyo interior has vivido amurallada por la seguridad de tus sueños.

Si en alturas de felicidad dejando al dormido sino
que invisible acecha las vidas inconscientes de los hombres,
tu corazón pudiera vivir encerrado en el oro del ideal,
cuán alto, cuán feliz pudiera ser tu despertar!

¡Si por siempre el sino pudiera seguir dormido!”

Así habló pero reteniendo en sus palabras lo que sabía.
Como la nube que juega con la vívida risa de los relámpagos,
mas retiene todavía el trueno en su corazón,
sólo dejó escapar imágenes brillantes.

Su palabra como música rutilante velaba sus pensamientos;
como un viento lisonjea al brillante aire de verano,
compasiva con los mortales, tan sólo les hablaba
de la viviente belleza y de la felicidad del presente:
en su mente omniconocedora ocultaba el resto.

 

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© “Savitri de Sri Aurobindo”