Una vez que Aswapati ha respondido a Narad, solicitándole dejar a Savitri al margen de un Destino sombrío, se dirige a su hija preguntándole por el viaje y si ha realizado la elección que la llevó a emprenderlo.

 Tras la respuesta de Savitri, el sabio rey que habla desde la ecuanimidad, aprueba la elección sea ésta cual sea. A continuación es la reina madre la que se dirige a Narad, pero no lo hace desde el nivel calmo de su espíritu, sino que abandonando la postura ecuánime y desapasionada que caracteriza a éste, lo hace desde el nivel en que viven y actúan el común de los mortales, el de la mente. Y es desde ese nivel de la mente de donde proceden sus cavilaciones, sus miedos y, en última instancia, la pregunta por el destino de Savitri.

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[Aswapati]
“Virgen que llegas perfeccionada por el júbilo,
revela el nombre que los súbitos latidos de tu corazón aprendieron.
¿A quién has elegido, el más regio entre los hombres?”

Y Savitri respondió con su todavía calma voz
como quien habla bajo los ojos del Destino:

“Padre y rey, tu voluntad he cumplido.
Aquel a quien buscaba encontré en lejanas tierras;
he obedecido a mi corazón, he escuchado su llamada.
En los lindes de una durmiente selva
entre las gigantescas montañas y acogedores bosques de Shalwa,
en su eremitorio techado con paja mora Dyumatsena,
ciego, exiliado, proscrito, otrora poderoso rey.
Al hijo de Dyumatsena, Satyavan,
he encontrado en el solitario margen de la salvaje foresta.
Padre mío, yo he escogido. Hecho está.”

[Aswapati]
“Has hecho bien y apruebo tu elección.
Si esto es todo, entonces seguramente todo está bien;
si hay algo más, entonces todo puede estar todavía bien.
Parezca bien o mal a los ojos de los hombres,
sólo para bien la secreta Voluntad puede actuar.”

[La reina]
Mas ahora la reina alarmada alzó su voz:
“Oh vidente, tu brillante llegada ha coincidido
con este momento culminante de una vida feliz;
permite pues que la benigna palabra de esferas sin aflicción
confirme esta risueña conjunción de dos estrellas
y sancione la alegría a través de tu celestial voz.

No arrastres nuestros pensamientos hacia el peligro,
no permitas que nuestras palabras creen el sino que temen.

Aquí no hay causa para lo terrible, ni oportunidad para que la aflicción
levante su ominosa* cabeza y se enfrente al amor.

Solitario espíritu en una multitud,
entre los hombres de la tierra afortunado es Satyavan
a quien Savitri ha elegido por compañero,
y afortunada la ermita del bosque
en donde dejando su palacio y riquezas y un trono
mi Savitri morará transformándola en un cielo.

Deja pues que tu bendición ponga el sello de los inmortales
en la felicidad sin mácula de estas vidas luminosas
alejando de sus días la funesta Sombra.

Con demasiada dureza cae una Sombra en el corazón del hombre;
ser demasiado feliz sobre la tierra no osa.”

A su tranquilo espíritu no invocaba en su ayuda[La reina],
sino que cual hombre común que bajo su carga
se vuelve débil y musita su dolor en palabras ignorantes,
así ahora acusaba a la impasible voluntad del mundo:

[La reina]
“¿Qué sigiloso sino se ha arrastrado a través de su andadura,
emergiendo del taciturno corazón de la oscura foresta,
qué mal permanecía sonriente al lado del camino
y revestía la belleza del joven Shalwa?

Quizás desde su pasado llegó un enemigo
armado con la oculta fuerza de antiguos errores,
él mismo desconocedor, y la sorprendió desprevenida.

Amor y odio aquí horriblemente mezclados
nos alcanzan ciegos viajeros en medio de los peligros del Tiempo.

Nuestros días son eslabones de una desastrosa cadena,
la necesidad se venga en pasos casuales;
antiguas crueldades regresan sin ser reconocidas,
los dioses se valen de nuestros actos olvidados.
….
Fortaleza tengo para soportar mi propio castigo,
sabiéndolo justo, mas en esta desconcertada tierra,
golpeada en la tristeza de las cosas azotadas y desvalidas,
con frecuencia desfallece* al encontrar los sufrientes ojos de otro.

Demasiado dura para nosotros la indiferencia del cielo:
nuestras propias tragedias no son suficientes para nosotros,
hacemos nuestros toda emoción y todo sufrimiento;
nos entristecemos por la grandeza desaparecida
y sentimos el toque de las lágrimas en las cosas mortales.

Ahora la angustia ajena rasga mi corazón,
y es, oh Narad, por mi querida hija.

No nos ocultes nuestro destino, si el destino es nuestro.

Pues lo peor es una desconocida cara del Sino,
un terror siniestro, mudo, sentido más que visto
tras nuestra sede de día, tras nuestro lecho de noche,
un Sino acechando en la sombra de nuestros corazones,
la angustia de lo indistinguible que espera para asestar el golpe.

Es mejor saber, por duro que sea de sobrellevar.”

 

Notas:
…ominosa… : que presagia desgracias o malos augurios.
con frecuencia desfallece… : la Fortaleza

 

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© “Savitri de Sri Aurobindo”