Tras conocer la profecía de Narad, según la cual a Satyavan sólo le queda un año de vida, Savitri se prepara para partir de nuevo a su encuentro, cumplimentando su destino.

465b

Todo era consumado cuanto el corazón de Savitri
[de la suavidad de la flor y adamantino*, apasionado y calmo],
había elegido y sobre la inflexible vía de su determinación
forzada hasta su desenlace la larga curva cósmica.

Una vez más se sentaba tras poderosos cascos presurosos;
una velocidad de armados escuadrones* y una voz
de carretas oída en la lejanía la conducían desde su hogar.

Una tierra postrada despertada de su mudo ensueño
la contemplaba desde una vasta indolencia:
montañas envueltas en brillante bruma, extensos llanos
que se repantingaban a sus anchas bajo los cielos de verano,
región tras región espaciosas al sol,
ciudades como crisolitas* de lejano fulgor
y ríos amarillos discurriendo cual cabellera de león
conducían hacia la esmeralda línea fronteriza de Shalwa,
feliz frente de graníticas vastedades
y austeros picos y soledades de titán.

De nuevo estaba próxima al hermoso y fatídico lugar,
los márgenes esplendentes con la delicia de los bosques
en donde por primera vez encontró el rostro de Satyavan
y él contempló como quien despierta dentro de un sueño
una belleza y una realidad no pertenecientes al Tiempo,
la dulzura de dorada luna de la hija del cielo nacida en la tierra.

Retrocedía el pasado y se aproximaba el futuro:
atrás en la lejanía quedaban ahora los espaciosos salones de Madra,
los blancos pilares tallados, las frescas alcobas umbrías,
los coloreados mosaicos de los suelos de cristal,
los elevados pabellones, los estanques rizados por el viento
y los jardines vibrando con el murmullo de las abejas,
pronto olvidados o una pálida memoria
el salpicar de las fuentes en el estanque bordeado de piedra blanca,
el amable solemne trance acogedor del apogeo solar,
el sueño gris de la columnata en el quieto atardecer,
el lento ascenso de la luna deslizándose en la Noche.

Lejanas quedaban ahora las caras familiares,
el feliz parloteo de seda en labios risueños
y el cercano y apretado abrazo de manos entrañables
y el brillo de adoración en ojos queridos
ofrecido a la única soberana de sus vidas.

La primal soledad de la Naturaleza estaba aquí:
aquí sólo había la voz de pájaro y de bestia, —
el exilio del asceta [en la amplia selva inhumana
de alma sutil] lejos del preciado sonido
de la alegre conversación del hombre y de sus atareados días.

 

Notas:
adamantino: de la textura del diamante, de extremada dureza, inquebrantable.
armados escuadrones: en alusión a la escolta de Savitri.
crisolita: Variedad del olivino, de color verde pálido; piedra semipreciosa.

 

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© “Savitri de Sri Aurobindo”