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Mas cuando el dolor apremiaba demasiado próximo a la superficie,
esas cosas, antes gentiles complementos de su alegría,
le parecían carentes de significado, una cáscara brillante,
o una rutina mecánica y vacía,
actos de su cuerpo no compartidos por su voluntad.

Siempre tras esta extraña vida dividida
su espíritu cual océano de vivo fuego
poseía a su amante y se aferraba a su cuerpo,
apretado abrazo para proteger a su amenazado compañero.

Por la noche se despertaba en medio de las lentas horas silenciosas
acurrucándose en el tesoro de su pecho y de su rostro,
prendida por la belleza de su faz cautiva del sueño
o posaba su ardiente mejilla sobre sus pies.

Al despertar por la mañana sus labios interminablemente unía a los suyos,
reacia siempre a separarse de nuevo
o a perder ese melifluo rebosadero de persistente gozo,
reacia a separar su cuerpo de su pecho,
los cálidos inadecuados signos que debe usar el amor.

Intolerante de la pobreza del Tiempo
su pasión aferrándose a las fugitivas horas
hubiera deseado en un solo día la provisión de centurias
de pródigo amor y de oleaje de éxtasis;
o si no se esforzaba incluso en el tiempo mortal
en construir un pequeño habitáculo de eternidad
mediante la profunda unión de dos vidas humanas,
su alma sola encerrada dentro de su sola alma.

Cuando todo había sido dado ella demandaba todavía;
aún insatisfecha de su fuerte abrazo,
ansiaba gritar, “Oh tierno Satyavan,
oh amor de mi alma, da más, da más
amor mientras todavía puedas, a la que tú amas.
Estampa en ti para que cada nervio guarde
el estremecido mensaje de mi corazón.
Pues pronto nos separaremos y quién sabe por cuánto tiempo
antes de que la gran rueda* en su monstruoso girar
nos devuelva el uno al otro y nuestro amor.”

 

Notas:
la gran rueda: del nacimiento y de la muerte.

 

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© “Savitri de Sri Aurobindo”