472

Cuánto le hubiera gustado pronunciar las fatídicas palabras
y descargar su agobio sobre su cabeza feliz;
mas sofocaba en su pecho el dolor que le invadía
confinándolo al silencio, desvalido, solo.

Pero Satyavan a veces captaba a medias,
o al menos percibía con la incierta respuesta
de nuestros corazones cegados por el pensamiento la inexpresada necesidad,
el insondable abismo de su profundo apasionado apremio.

Todos los fugaces días que él podía dispensar
del trabajo en el bosque cortando leña
y cazando sustento en los salvajes claros de la selva
y del servicio a la vida sin vista de su padre
los dedicaba a ella y ayudaba a intensificar las horas
mediante la cercanía de su presencia y de su abrazo,
y la espléndida suavidad de las palabras del anhelante corazón
y el íntimo latir que el corazón percibe del otro corazón.

Todo se quedaba corto para su [de Savitri] insondable necesidad.

Si en su presencia ella olvidaba por unos momentos,
el dolor invadía su ausencia con punzante toque;
veía ella el desierto de sus días venideros
imaginado en cada una de sus solitarias horas.

Aunque con un vano imaginario regocijo
de ardiente unión a través de la puerta de escape de la muerte
ensoñaba ella su cuerpo vestido con la llama funeral,
era consciente de que no podía aferrarse a esa felicidad
de morir con él y seguir, cogida de su túnica
a través de nuestras otras regiones, viajeros felices
por el dulce o terrible Más Allá.

Pues esos entristecidos parientes todavía la necesitarían aquí
para colmar la vaciedad del resto de sus días.

A menudo le parecía que el dolor de las edades
había comprimido su quintaesencia en su solitario dolor,
concentrando en ella un mundo torturado.

 

Pincha aquí para ver toda la obra publicada hasta ahora:   Sri Aurobindo. Una leyenda y un símbolo

© “Savitri de Sri Aurobindo”