por José Luis Azón

 

Decía Theilard de Chardain que no somos seres humanos en una aventura espiritual, sino seres espirituales en una aventura humana. Es muy interesante esta frase, porque refleja un enfoque distinto a aquél con el que habitualmente nos identificamos. No somos seres humanos cargados de condicionantes y limitaciones, que tratan de seguir un impulso de superación de determinadas cargas para ser mejores ante nosotros mismos y los demás, sino que somos Seres espirituales con unas cualidades esenciales inherentes, que en este plano de la existencia se han encarnado en un ser humano con la misión de transmutar energías densas en energía más refinadas, liberando al Ser que somos de impurezas y posibilitando así que esas cualidades esenciales se manifiesten de forma más auténtica.

 

Según Aurobindo todo en la existencia es una única Energía manifestada en distintos niveles de vibración. Si lo que según las tradiciones se denomina Totalidad, Energía Cósmica, lo Absoluto, Atman, Dios, Allah, etc., es esa Energía en un estado absolutamente puro, los Seres espirituales que cada uno somos se encuentran en distintos registros de esa gama vibratoria, y el anhelo de evolución es el reflejo del anhelo esencial de alcanzar la integración en esa Energía absoluta.

Pero comprender esto en su verdadera dimensión, más allá de una reflexión puramente intelectual, no puede hacerse desde la mente racional, desde la identificación con el ser humano que ahora mismo habitamos, sino que hay que hacerlo desde la dimensión del Ser espiritual que somos.

Ese Ser espiritual que somos en esencia no ha alcanzado aún la plenitud, ya que arrastra por así decirlo una carga kármica, y de esta forma la vida que comienza se le plantea como una ocasión más para desarrollar esas cualidades esenciales al máximo, liberándolas de los obstáculos que apartan al Ser de la plenitud. Dichas cualidades esenciales, según la tradición oriental, la filosofía occidental con Platón a la cabeza, o las psicologías humanista y transpersonal, son la Sabiduría o Conocimiento, el Amor y la Energía-Vida. O afinando más, la Energía-Vida como sustrato para el Conocimiento y el Amor.

¿Por qué la encarnación en un ser humano es oportunidad para desarrollar las cualidades esenciales del Ser? Sabemos por propia experiencia que la única manera de transmutar y liberar energías densas es por medio de su afrontamiento y aceptación. Y sabemos también que las crisis tienen un poder sanador, porque nos ponen cara a cara frente a los condicionantes y obstáculos estancados en nuestro interior que impiden el flujo natural de la energía, y que por tanto son ocasiones propicias para ejercitar su necesario afrontamiento y aceptación. Habida cuenta de que esta vida ha sido definida por muchos como valle de lágrimas, camino de sufrimiento, infierno, etc., la podemos considerar como una crisis que el Ser experimenta durante un tiempo muy limitado en el contexto de su existencia, y por tanto, una ocasión que se da para llevar a cabo, mediante el afrontamiento y aceptación, la transmutación de sus energías densas en energías más refinadas.

Así que, resumiendo, cada uno de nosotros somos en esencia un Ser espiritual con ciertas cualidades inherentes, Sabiduría, Amor y Energía-Vida, con una carga energética de vibración más o menos densa que nos sitúa en un determinado nivel de la escala vibratoria, y con un anhelo de unión con la Totalidad, que es Energía en su grado más puro y elevado. Y todo ello encarnado en un sustrato material que es un vehículo idóneo para recorrer el camino de la transmutación de la carga energética densa en una energía más pura.

 

¿Qué nos ocurre en ese proceso de encarnación?

En el momento en que el Ser se encarna en el cuerpo aún incipiente, se dice que en torno a los cuatro meses de embarazo, toma conciencia de las energías densas que porta, eso que algunos llaman carga kármica. Y en tal momento comienza un camino, que durará toda su vida, que le llevará a recrear experiencias que serán oportunidades de liberación de esa carga kármica.

Todo sería más sencillo si desde el momento de la encarnación y durante toda ella, no perdiéramos conciencia de nuestra auténtica identidad, es decir de que somos un Ser espiritual que se embarca en una aventura humana. Pero la realidad es que nos desconectamos de esa conciencia de Ser espiritual y nos identificamos desde el primer momento de vida con el ser humano, y desde él y a través de él recorremos la vida.

La consecuencia es que el miedo a desaparecer y el sentimiento de impotencia ante la complejidad de este mundo marcan decisivamente al ser humano que llega a él. A ellos se unen determinados condicionantes que empiezan a surgir ya en la fase de embarazo y que se incrementarán luego con el trauma de nacimiento y la asunción de un modelo de pensamiento y comportamiento con el que el niño acaba identificándose. La dependencia absoluta de sus referentes, la percepción del modelo como algo natural para adaptarse al grupo social respectivo y la jerarquía de necesidades (Maslow), llevarán al niño a desconectarse del Ser y sus cualidades y a focalizarse en el modelo, a dejar de sentir su interior y vivir hacia el exterior, debido a su instinto de supervivencia y a su temor a ser rechazado por el grupo social al que pertenece.

De esta forma, el problema no es ya que el niño deja de identificarse con el Ser esencial que es y en cambio acaba identificándose con el ser humano, sino que esa identificación la lleva a cabo con una visión distorsionada de ese ser humano en el que se ha encarnado, con un cuerpo de ideas, creencias y valores que le han inculcado desde fuera o que ha encontrado por el camino en su proceso de supervivencia y adaptación.

Dicha visión sobre uno mismo, compartida por las distintas culturas a lo largo de la historia, puede ser útil para realizarnos y crecer en el grupo social, aunque sea a costa de altas dosis de insatisfacción, amargura, ansiedad, etc., pero nos aparta de nuestra auténtica realidad como seres espirituales y nos aparta también de la auténtica misión que nos llevó a encarnarnos.

No obstante, a pesar de que literalmente estemos hipnotizados por un modelo sobre nosotros mismos que no responde a la realidad de lo que auténticamente somos, es cierto que a veces conectamos con el Ser que nos es inherente y logramos vivir experiencias que emanan de sus cualidades esenciales.

Pero, en vez de reconocerlas como tales, tendemos a apropiarnos de ellas y a enmarcalas en el modelo con el que nos identificamos. Así, la generosidad o el servicio a los demás no son interpretadas como una manifestación del Ser que se expresa a través nuestro, sino en clave de mejora de baja autoestima o búsqueda de reconocimiento externo; la experiencia amorosa es utilizada como refuerzo de autoimagen o es manipulada para compensar carencias y necesidades afectivas; y las experiencias profundas de belleza o creatividad intuitiva son interpretadas, dentro del permanente juego de comparación con los demás en el que estamos inmersos, en clave de mérito espiritual.

Llegados a este punto podríamos concluir que las experiencias que vive cada ser humano, y la conciencia desde la que integra esas experiencias, es lo que le toca en su camino de evolución. Y en parte es cierto. Pero también lo es que tiene, a diferencia del resto de especies, la capacidad de decidir y la posibilidad de hacerlo, y por tanto la oportunidad de propiciar un cambio de conciencia que le ayude a acortar su proceso evolutivo.

Y en concreto, si las circunstancias ambientales nos han llevado a una desconexión del Ser espiritual que somos y a una identificación con una personalidad forjada a golpe de modelo impuesto y focalización en el exterior, dicho cambio de conciencia pasa por hacer consciente, desde la experiencia vivida y no desde la mente intelectual, que aquello con lo que nos identificamos es algo irreal que no corresponde en absoluto a nuestra verdadera naturaleza.

Debemos comprender que nuestras ideas y creencias, nuestras acciones, nuestras elecciones, nuestras expectativas o frustraciones, nuestros pensamientos, emergen de una identidad que no somos. Debemos comprender que nuestras inquietudes y decisiones son fruto de un automatismo recreado en torno a una necesidad de ser reconocidos y aceptados, son alimento para nuestra autoimagen. Sean puramente materiales o sean de un nivel más elevado. Construimos nuestra vida en torno a la necesidad de supervivencia y adaptación y, en consecuencia, en torno a nuestra autoimagen y a la imagen hacia los demás.

Pero ¿por qué nos cuesta tanto reconocer esta visión errónea sobre nosotros? Y aún en el caso de que desde un plano intelectual seamos capaces de hacerlo, ¿por qué nos seguimos aferrando a ella?

Una primera explicación es que empezamos, allá por los dos años de edad, a construir nuestra personalidad (persona = máscara), apoyándonos en unas premisas que van a resultar decisivas el resto de nuestra vida. Son el miedo a desaparecer apoyado en el instinto de supervivencia, el sentimiento de impotencia ante el mundo y consiguiente dependencia del exterior, y la imposición de un modelo social que nos va a dar una visión particular sobre nosotros y de nosotros en relación con los demás.

La personalidad nos proporciona una identidad propia que como seres humanos necesitamos y, una vez la consolidamos, cualquier duda o inestabilidad sobre la misma nos desestabiliza, nos provoca vértigo. No importa que luego lleguemos a tener claro que las ideas y creencias nos han sido impuestas desde el exterior, no importa que sepamos que nuestra conducta es fruto de una mera adaptación al medio, más sofisticada que la del resto de seres vivos pero adaptación al fin y al cabo, no importa sobre todo que intuyamos que hemos tenido que renunciar a una parte esencial de lo que en realidad somos. Lo importante, lo que aprendimos desde el primer momento y hemos ido reforzando desde entonces, es que debemos estar preparados para sobrevivir en un grupo social que se rige por los mismos principios que hemos hecho nuestros.

Y una segunda explicación, relacionada con la anterior, es que tanto aquello de lo que nos hemos desgajado pero que también somos, como las carencias y necesidades sustitutorias que nos empujan permanentemente por la vida, tienen su raíz en el inconsciente profundo, sin que la mente ordinaria que ha tejido la identidad propia tenga acceso directo a su contenido. Pero la paradoja es que es el inconsciente del que nos hemos desvinculado el que en realidad marca nuestro destino, mientras la mente ordinaria se apropia de ello y lo hace suyo, incurriendo en un constante juego de contradicciones, justificaciones y resistencias.

 

¿Cómo recuperar la identificación con el Ser?

La sabiduría oriental a través de las enseñanzas de Buda, el Tao, el Zen o el Yoga de Patanjali, el misticismo de distintas corrientes religiosas como el cristiano de Santa Teresa o San Juan de la Cruz, el sufi musulmán o la kabala judía, otros movimientos como el chamanismo del norte de Europa o Latinoamérica, autores occidentales como Jung que bebió en fuentes orientales, Assagioli con la desidentificación como fin último del trabajo de subpersonalidades, Gurdjieff con influencias del sufismo, o Maslow con su pirámide y su concepto de autorralización, y la psicología transpersonal con su focalización en la vertiente espiritual del Ser, inciden en la necesidad de cambiar radicalmente el enfoque desde la identificación con el ser humano a la identificación con el Ser espiritual. Y lo hacen, bien a través de propuestas teóricas, bien mediante determinadas técnicas. Y todas ellas coinciden en que la manera de recorrer ese camino es a través de la consciencia, del darse cuenta, de la observación desapegada de aquello con lo que nos identificamos, posibilitando así la apertura a la conciencia superior que somos.

No tenemos que buscar nada; no tenemos que luchar ni conquistar nada, porque lo que realmente somos está ahí, lo ha estado siempre. Sólo debemos trascender el nivel de energías más o menos densas, que en forma de pensamientos, creencias, prejuicios, proyecciones, etc., y sus consiguientes reacciones emocionales, nos tienen atrapados en un bucle constante, y vislumbraremos de inmediato la auténtica realidad, al igual que asoma el sol luminoso y radiante cuando desaparecen los negros nubarrones.

¿Cómo hacerlo? Buda insistió en la práctica de la atención plena como única manera de salir de esos espacios de confusión y sufrimiento que nos atrapan. Una atención plena que conlleva situarse mentalmente en un espacio de testigo o conciencia desidentificada y desde ahí observar todos nuestros movimientos mentales y emocionales, aceptando todo lo que emerge, sin juzgar ni intentar cambiar nada. Todo en la existencia tiende hacia el equilibrio, hacia la fluidez natural, y esa práctica continuada acabará propiciando el desplazamiento de la identificación con el ego a la conexión con el Ser.