Por Pilar Inigo y David Azón

Comentario previo de Esther Millán

 

 

La Asociación Amigos de Odisha/ASMSS es una Organización No Gubernamental asentada en Zaragoza, que colabora desde hace años con la organización india Subadhra Mahatav Seva Sadan en el estado de Odisha, India.

 

Comentario previo de Esther, presidenta de la Asociación

Pilar Ínigo es una veterana colaboradora de Amigos de Odisha, una de las promotoras de la ya clásica campaña de ropa de yoga, colaboradora en el proyecto de Yogaterapia que se realizó en el centro Swadhar de Gopalpur on Sea en 2012 y el libro que se editó posteriormente, que ha realizado casi cada año actividades de yoga y yogaterapia en el ámbito de diferentes actuaciones de nuestra ONG en Zaragoza, una mujer incansable y solidaria pero que todavía no había visitado Odisha.

Hasta que el verano pasado decidió hacer un viaje muy especial donde, acompañada de su hijo David, visitaría alguno de los centros de SMSS con los que colabora Amigos de Odisha, así como también la zona tribal del mismo Estado.

Como es India, fue un viaje lleno de sorpresas, situaciones de difícil comprensión a veces, bañado por el monzón y el calor húmedo de agosto, pero lleno de experiencias y vivencias también difíciles de encontrar en nuestro “primer mundo”.

Hablé con Pilar antes y después del viaje. En nuestra conversación pre-viaje, entendí, como siempre me sucede, que lo que comento parece irrelevante, quizás exagerado sobre todo si ya has visitado antes India. Y es que este viaje es algo diferente, es una vivencia desde dentro de India, con personas rechazadas hasta por los grupos más deprimidos de ese país y eso nunca te deja indiferente. Sencillamente hay que vivirlo para asimilarlo, cada uno a su forma y manera.

Nada de nuestra conversación posterior me sorprendió, sabía que Pilar y David se iban a integrar y a asumir cada situación vivida, y así fue.

 

 

Impresiones de Pilar

En el mes de agosto pasado disfrutamos del privilegio de acercarnos a conocer la gran labor que se está llevando a cabo, silenciosa y eficazmente, en la región de Odhissa, en India, a través de Amigos de SMSS. Fue un viaje especial, fascinante, conmovedor, que dejó una profunda huella en nosotros.

Cuando justo antes de comenzar el viaje pedimos a Esther algún consejo sobre cómo corresponder a la acogida que nos dispensarían en los Centros en Bhubaneswar y Gopalpur, nos dijo lo siguiente desde su personal experiencia: “Además de impartirles sesiones de yoga, dadles vuestro cariño, vuestro amor”. Pudimos comprobar luego in situ cuánta razón tenía. Cualquier gesto cálido nuestro era correspondido con bellas sonrisas y miradas de agradecimiento.

El primer contacto en Bhubaneswar, el Centro que acoge a niñas y niños huérfanos, fue ya conmovedor. Nada más llegar, sin haber tenido contacto previo, las niñas que descendían del autobús que las devolvía a su hogar después del colegio nos mostraron con sus sonrisas, sus gestos, la alegría que sentían por nuestra presencia. El cariño, el amor que veníamos a compartir, ya nos lo estaban mostrando ellas desde el primer momento en que nuestras miradas se cruzaron. Fue una de las numerosas vivencias en India que quedarán grabadas en nuestra memoria.

 

 

Apenas llevábamos un tiempo con ellas y ya éramos “mammy y brother”. Fue conmovedor sentir que por un breve tiempo representábamos para las niñas unas figuras familiares que habían estado dolorosamente ausentes en sus cortas vidas.

A partir de ahí, éramos dos más en el grupo. A veces jugábamos con los niños pequeños “al corro de la patata”, disfrutando de lo lindo y contagiándonos con sus risas cuando nos caíamos al suelo y ellos con nosotros.

La práctica de yoga comenzaba a las seis de la mañana, coincidiendo con la salida del sol. La dábamos en tres idiomas: Breves expresiones en castellano que traducíamos al inglés, y por parte de Srada (encargada en ese momento del Centro) al oriya, dialecto que se habla en Odissa. Sin embargo, el idioma auténtico, el que nos conectaba a lo largo de las sesiones, era el lenguaje silencioso del corazón abierto, entregado: las miradas, los gestos, las sonrisas, los abrazos de complicidad femenina. Sentimos, conectamos y sobretodo compartimos. Muy especial fue el canto del Gayatri mantra entonado por todas las niñas y niños, que sonaba profundo y real. India es la cuna del yoga y se nota.

Y como no, la danza; un grupo de niñas nos ofrecieron, apenas unas horas después de haber llegado al centro, una coreografía muy bien preparada, natural, espontánea, feliz. Entendimos que la danza es muy importante para ellas, libera, expresa y les hace sonreír.

De Bhubaneswar nos llevamos un hondo agradecimiento hacia todos los habitantes del Centro, niñas, niños, y el grupo de mujeres silenciosas, cuidadoras de todos ellos, cuyos cánticos cargados de espiritualidad sonaban ya desde la salida del sol.

Nuestra gratitud también hacia Mr. Mohanti, director del proyecto y buen conocedor del yoga, por su cálida hospitalidad. Con él, convaleciente de la rotura de su pierna, compartimos su entusiasmo en una tarde muy especial, en su hogar, con su familia.

Tras los días en Bhubaneswar visitamos a los residentes en los Centros de Gopalpur, pueblo costero a orillas del Indico, con el que tuvimos una total simbiosis, hasta sentirnos parte de él y de sus gentes.

Fue tan rica la experiencia con los ancianos y las mujeres del Swadhar, que no sabríamos por dónde empezar. Como en Bhubaneswar, nos recibieron con mucho cariño. En la Old People Home de SMSS, los ancianos nos acogieron con esa alegría llena de serenidad que proporciona la vejez.

 

 

Cada mañana proponíamos una sesión de yoga con ejercicios sencillos que pudieran incorporar a su día a día. “Every day”, traducido al oriya por Savitri, la responsable del Centro, repetíamos cada mañana alentándolos a mover amablemente sus cansados cuerpos, pero con unas miradas que atravesaban el alma.

Yoga por la mañana con los ancianos y Yoga por la tarde en el Swadhar con las mujeres acogidas en el Centro, con quiénes también tuvimos momentos de absoluta conexión. Es increíble la transformación que vislumbramos en ellas de la primera a la segunda sesión, muestra de todo el potencial que atesoraban.

 

 

Después de esta clase, asistíamos a la ceremonia que los ancianos y los trabajadores del Centro celebraban cada tarde al ponerse el sol, frente al altar dónde distintos dioses: Krishna, Ganesha, Jaganat y Sai Baba, representando los distintos sentires de los residentes, presidían el día a día de este grupo sabio que nos ayudó a comprender la vivencia de la aceptación serena. Mantras, timbales, campanas, armónium, bongos y la danza formaban parte de este ritual que cohesiona y da vida al Centro. Emociones contrapuestas de amor y tristeza, se transformaron en lágrimas que inevitablemente surgieron de nuestros ojos en el momento de la despedida.

Gracias a todas y cada una de las personas con las que pudimos compartir esos días. A Savitri, que estuvo pendiente de nosotros durante nuestra estancia, compaginándolo con sus tareas cotidianas; a Babu, a Manju, responsable del Swadhar, a las mujeres que participaron en las sesiones de la tarde con total entrega. A todas ellas “danyabad” (gracias en oriya) y muy especialmente a Sundarmani, que nos invitó cada día a danzar con ella, sosteniéndonos con una mirada indescriptible, profunda, que abría nuestro corazón y que falleció una semana después de nuestra partida.

 

 

Un paseo por Gopalpur y la hospitalidad de la población tribal: La vivencia de David

Salgo del centro de acogida de ancianos, lugar al que en tan poco tiempo ya puedo llamar hogar debido a la preciosa energía que se respira en el ambiente. Nada más salir, un grupo de niños indios me observan con la sorpresa de alguien que está contemplando algo que jamás antes había visto.

Gopalpur, es un pueblo de pescadores que recibe turismo local y en el que nosotros somos los únicos extranjeros que se aventuran a recorrer sus calles. Ser observado tan detenidamente es una sensación que nunca antes había vivido; sin embargo, al contrario de lo que pueda parecer, no ha sido en absoluto agobiante, debido al tremendo respeto que en general profesan las gentes de este pueblo por cada forma viviente.

Allí, cada momento en el que pupilas de diferentes ojos se cruzan, el tiempo parece detenerse mientras se dibuja una agradable sonrisa en ambos rostros. Los coches, los “tuk tuk”, las bicicletas y las motos pasan a gran velocidad, rozando a transeúntes que caminan con total parsimonia en medio de un concierto incesante de bocinas. Mientras paseo, es imposible mantener la atención en solo un estímulo.

Prácticamente cada recibidor de las peculiares casas del pueblo ha sido transformado en una improvisada tienda. Enfrente de las puertas, preciosos mandalas yacen pintados en el suelo y pequeños altares repletos de diferentes deidades permanecen impasibles apostados prácticamente en cada rincón, haciendo visible la gran espiritualidad que está íntimamente ligada a India. A su vez, los edificios presentan colores y ornamentos de lo más variopinto, fieles a la idiosincrasia tan característica de esta cultura.

Mientras continuo mi paseo, me veo inmerso en situaciones nuevas y sorprendentes. Las calles no son uso exclusivo de los humanos sino que decenas de vacas sagradas, manadas de perros, familias de jabalíes, gallinas y algún gato pasean o duermen con total tranquilidad en las aceras compuestas de arenisca. No es raro encontrar una vaca en medio de la carretera cortando el tráfico, haciendo valer el poder sagrado que se le ha concedido en esta surrealista y variopinta tierra de árboles, lluvia y misticismo.

Finalmente, después de esta cotidiana vorágine de acontecimientos, vuelvo al centro de ancianos de amigos de Odissa, donde decenas de ellos conviven tratando de olvidar la soledad a la que la vida les empujó en la última etapa de sus vidas.

Es simplemente inolvidable, maravilloso y difícilmente descriptible observar las miradas de estas criaturas de Dios cuando ven llegar a un desconocido que ha acudido a intentar aportar lo poco que puede con su voluntad, sus manos y su corazón abierto. En particular una anciana muy mayor, con una de las miradas más mágicas y penetrantes que he visto en mi vida, me coge de las manos nada más entrar al recinto, posa las suyas en mi rostro y me besa la cabeza con un gesto repleto de ternura. No puedo dejar de emocionarme profundamente cada vez que recuerdo esos ojos llenos de amor y sabiduría. No tiene prácticamente nada y lo da todo, vive cada momento con una sincera pasión, simplemente admirable.

 

Un retazo de la vivencia en las tribus de Odhisa

 

 

Nuestro viaje continuó, tras trece horas en un tren de India, conociendo a los habitantes y la cultura de alguna de las muchas tribus de origen dravídico que habitan este gran continente; comunidades protegidas por el gobierno indio para preservar su ancestral tradición.

Es increíble cómo cambia la percepción cuando observas la diversidad del ser humano y las múltiples formas en las que habita el mundo. Estuvimos en un pueblo tribal con una familia tremendamente hospitalaria. La total entrega expresada en las miradas, las sonrisas, los gestos, no tiene comparación con nada que haya experimentado antes: el corazón abierto, sensaciones entrañables, mucho agradecimiento hacia nada concreto, hacia dentro, hacia fuera; un sentimiento de humanidad compartida, en medio del monzón, del barro, de la penumbra, el olor a humo indio y a tierra empapada. Son innumerables los adjetivos que me surgen para describirlos y no lo hago porque se quedan extremadamente cortos. La experiencia queda grabada en mi recuerdo, en mi corazón.