Viaje a India (I): Auroville

El Matrimandir es el corazón de Auroville. Este fastuoso templo emerge de la tierra, adornado con sus pétalos dorados, como una inmensa flor de conciencia universal a punto de abrirse. Representa a nuestro planeta y a los que lo habitamos. Y una vez allí se hace el silencio. Te llevan en grupo a meditar primero a su base, un crisol empedrado al aire libre, alrededor de donde ha brotado la enorme flor esférica, hacia su centro, hacia la tierra, muladhara.

Ya dentro, todo es de un diáfano rosado en su interior. Impresiona la pulcritud, la sobriedad, la belleza, el silencio; y subes por las escaleras laterales como en un sueño futurista de los años setenta. Y vuelves a meditar en su corona, una sala abovedada con un orificio abierto en su cénit por donde entra la luz del sol, como el Panteón de Agripa de Roma, como la flor de mil pétalos, sahasrara.

Y fue allí, tras un viaje de miles de kilómetros, en ese fulgor silencioso y blanquecino, donde tuvimos ese primer encuentro con la verdadera esencia de India, con lo que hay más allá del apogeo de olores, bocinas, gente y más gente, un vertedero en cada esquina, vacas y perros vagabundos, una continua explosión de colores y la extraña devoción a dioses extraños: por fin la vivencia íntima y plena en el inmenso silencio de ese templo único.

Porque hasta entonces habíamos dedicado los días a disfrutar de Auroville, en el sur de India. Una ciudad imaginada por Aurobindo y Madre (Mirra Alfassa), su compañera espiritual, como una utopía: integrada en la naturaleza, auto gestionada, sin estridencias urbanísticas; más allá del estrés cotidiano, un lugar para una convivencia diferente y el cultivo de la mente universal. Al llegar vi el cartel de ‘Auroville’ desde el coche pero seguíamos por caminos rodeados solo de árboles y más y más vegetación. “Cuánto falta para Auroville”, pregunté. “Si ya estamos. ¡Esto es Auroville!”, me respondió Pilar.

Auroville es verde y terracota, es un laberinto de cientos de hectáreas asilvestradas, y desperdigados entre la maleza se esconden albergues, ashrams, talleres, restaurantes, pequeñas viviendas. Es una ciudad minimalista, de unos dos mil habitantes, aún en construcción, y sus edificios de una o dos plantas siguen siendo un bello sueño de hormigón de los años setenta, porque el tiempo aquí es relativo, y solo el traqueteo de las motos, las bicis y los tuc tuc (pequeños taxis mitad moto mitad coche) te recuerdan que hay civilización si te has aventurado en soledad por sus caminos. Aprovechamos para acudir a las sesiones de yoga o meditación que ofrecían aquí y allá, todas impartidas por occidentales con alumnos occidentales como nosotros. Y las disfrutamos, claro, pero en nuestro fuero interno queríamos más India.

Como todos los días cuando el sol empieza a despuntar, se escuchan los cantos de hombres y mujeres que celebran el día con sus mantras. Pilar dice que siempre lo ha visto en India: desde las trabajadoras del orfanato en Bhubaneswar, a los cantos cuando dejaba de llover en Desia, a los trabajadores de los hoteles antes de comenzar la jornada. También en Auroville. Los cantos y el trinar de pájaros son sin duda el mejor despertador.

Si tu sentido de la orientación es nulo pero decides ir allá solo en mitad de la nada y a los cien metros estás perdido, puedes parar a alguien en moto y preguntarle por tal dirección, y es probable que te invite a subir para acercarte a un centro de yoga o hasta a una fiesta hippie al aire libre en la que se reúne todo el Auroville europeo, con multitud de familias y niños incluidos.

O por ejemplo llevarte a la India real que también habita Auroville; un poblado desvencijado, precario pero aún lejos de la miseria. Pero que contrasta con la ciudad occidental, porque occidentales cansados de Occidente la habitan en gran medida, y porque no deja de ser el producto de una mente occidental, ya que Aurobindo vivió en Inglaterra y Madre en Francia. Pero es, por suerte, auténtica, viva. Y con apoyo del gobierno indio; de hecho nuestra estancia coincidió con la visita del presidente del país, Ram Nath Kovind, al Matrimandir. Y fue chocante ver esa ciudad virgen totalmente militarizada por un día. Así que aprovechamos para visitar la colindante Pondicherry, una antigua colonia francesa en la costa donde Aurobindo instauró su ashram. Y esa mañana que me acerqué el poblado indio, paré allí mismo a un chico en moto para preguntarle cómo regresar, con la intención oculta de que me llevara. Y saliendo de él, consciente de mi desesperación, se ofreció de buena gana a llevarme.

 

Pondicherry

El corazón de Pondicherry es el ashram de Aurobindo, más allá del mar, la playa con la gente vestida, el paseo marítimo, los edificios y nombres de calles de aroma francés, incluso de una iglesia cristiana del tamaño de una catedral. Por momentos pareces estar en una ciudad europea. “Que sepas que esto no es India”, me dice David, que estuvo el año pasado visitando la India profunda.

Al caos habitual de tráfico, bocinas, comercios, gente y animales de una ciudad india se suma la visita también hoy del presidente indio, de quien no podemos huir, al Samadhi de Aurobindo y Madre. Y contemplamos la comitiva de coches oficiales y ejército junto a las gentes y vehículos atascados sobre el puente de un canal por el que discurren apacibles las aguas fecales.

La gran estatua al borde del océano la tiene Gandhi, pero todos acudimos allí para meditar en torno al imponente sepulcro de mármol de Aurobindo y Madre. Está en el hermoso y recogido patio ajardinado de su ashram, bajo un grandioso árbol, llamado del servicio y los devotos dan vueltas y vueltas al sepulcro de tres metros de largo mientras los demás sencillamente nos sentamos cerca a meditar un rato, de cara a los maestros, impregnados de la creencia, que paradójicamente tantas veces hemos rechazado de adoración a los santos católicos, de que lo que queda de la pura presencia de ambos seres iluminados nos inspirará. Y lo hace. A cada uno su vivencia única. José Luis decía: “Vengo a la India a sentir la energía”. Y sí, es el lugar, es la inevitable invitación a hacerlo, es la esencia de India, ahí está el poder: fastuosidad, devoción y recogimiento. Es al fin y al cabo la semilla de la espiritualidad en este rincón del mundo y lo es también en la Basílica del Pilar. Pero ciertamente es hallar la verdadera fuente que a cada cuál le inspira. Y el yoga, sus enseñanzas, a nosotros nos ha dado demasiado. Y esta meditación es siempre una forma de agradecimiento.

 

El orfanato de Pope

El ashram de Ramana Maharsi está en Tiruvannamalai, al pie mismo de la montaña sagrada de Arunachala. Dista sólo cien kilómetros de Auroville, pero viajar en coche hasta allí son tres horas con las vacas y otros vehículos parados a mitad, la gente cruzando como si hubiera pasos de cebra, los camiones echándote a un lado, los adelantamientos con tres vehículos en línea; todo un viaje iniciático, de renacer una y mil veces. Rodeados de ese caos y de parajes llanos e interminables, rompen su monotonía unos montes rocosos con sus cimas coronadas de templos y fortificaciones. Y de repente entre la bruma, como un gran espíritu benéfico, asoma la montaña de Arunachala, esperándonos.

Aprovechamos primero para visitar allí también el orfanato de Pope, que se dedica a formar a niños, mujeres y ancianos de la desgraciadamente famosa casta de los Intocables (dalits) para no ya que se integren en la sociedad, sino para que sus conciudadanos, con los que comparten iguales derechos, acepten integrarlos. Son un ejemplo de convivencia desde lo social a lo religioso, ya que presenciamos como celebraban la Navidad siendo los cristianos una pequeña minoría. Nuestra asociación (AAYYT) colabora con su empeño, y para nuestro rubor, nos acogieron con un agradecimiento desbordante. Batucadas, vestidos tradicionales, danzas, comida, entrega de regalos y una complicidad en la que sobraban las palabras. Y cuando sí llegó el momento de hablar, David aceptó la invitación de Rosario, el director de Pope (también un dalit), y en inglés y en nuestro nombre les animó a todos: “Sabed que podéis llegar a ser lo que os propongáis”.

Puedes ver la galería de fotos que ilustran esta parte del viaje aquí.